La Ruta del Pariacaca
1996


Lo que nosotros hacemos, propiamente se debería llamar ciclotrekking. Ciclotrekking andino, más específicamente. Consiste en buscar (y, eventualmente, idealmente encontrar) tramos lo suficientemente ciclables, como para ser divertidos, dentro de la enorme red de caminos peatonales y de herradura que nos legaron nuestros antepasados, cada uno de los cuales caminos
te transporta por sitios de insospechada singularidad y belleza. Aunque, teóricamente, lo que queremos es montar todo el tiempo, en la búsqueda, en la realidad, terminamos haciendo verdaderos trekkings con bici en vez, o además, de mochila. Tanto así que en nuestro caso es probable que sumemos más horas con la cleta a cuestas que sobre ella. La meta, el ideal, sin embargo, ha sido cumplido y sobrepasado varias veces, las suficientes como para animarnos a persistir, cada vez en mayor escala. En el camino hemos abierto, para el ciclomontañismo, algunas de las mejores rutas del mundo.El objetivo es: sobre caminos peatonales ó de herradura (singletracks=huella simple, en contraposición a doubletracks=huellas gemelas, como las que deja un carro, caminos carrozables), sin desmontar, coronar cimas, cruzar divisorias, cadenas, abras, unir cuencas, en fin, hacer rutas significativas, rutitas primero, rutazas después, que cumplan ciertas condiciones
como ciclabilidad, buen nivel técnico para su manejo, escénica (paisaje visto y recorrido) mínimo impacto ambiental posible, etc. Mucho mejor, perfecto, si son en forma de loop o lazo, aunque no importa si algunas tan buenas son curvas abiertas o arcos o aún segmentos de ida y vuelta.Aquí, en nuestro medio, esta ramificación del ciclismo de montaña es vista con extrañeza, como cosa de locos y ermitaños, cosa que es cierta en cierto modo. Pero nosotros no conocemos otro método más confiable que el de prueba y error para seguir sumando kms a la ya respetable red de ciclovías andinas, fundamentalmente en la Sierra Limeña.
El escenario inicial en Lima fue el Valle de Pachacamac, a fines de los ‘80s. Al irse especializando y elevándose el nivel de la gente, subimos a sus Lomas adyacentes: HatunSisa, Cardal, Manzano, Pucará, Atocongo Sur. Inicialmente, lo que hacíamos eran loops pequeños, circuitos para carreras de no más de 5 km usando como base los caminos de los cabreros, cuya conquista fuimos
extendiendo al incrementarse nuestra capacidad física y técnica, pasando a las lomas y cerros más al sur y al este: Portillo (Lúcumo), Pacta, Caringa, últimas estribaciones de el gran contrafuerte andino divisor entre Lurín y la cuenca seca del Pacífico. Hasta que llegamos al punto en que ninguna carrera razonable sería capaz de reproducir una de nuestras exploraciones, que ya subían del piso de lomas hacia los grandes cerros del desierto, yungas huarochiranas, inmediatamente al SE de Lima-ciudad. Al agotarse las posibilidades de explorar autosuficientemente esas regiones nos dedicamos a buscar caminos ciclables por un ámbito geográfico más grande, más imponente y más resistente al impacto de las bicicletas que las delicadas lomas. Y así, apoyándonos en carreteras, trochas carrozables y en la movilidad local (Empresas Pérez, Asunción, Paz, Cribillero) subimos a otro piso, de 3000msnm en promedio, sobre todo, a donde la progresión natural parecía indicar como lógico: la sierra quechua al SE de Lima-ciudad, sierra del sur de Huarochirí, que conforme fuimos viviendo en el camino, estaba cargada de vibración, producto de su historia y su leyenda, que constituían la mejor guía del viajero.
Leyendo “Dioses y Hombres de Huarochirí” con el mapa de 1:100 000 desplegado sobre el camino, comprendimos que, en el Perú, la Historia y la Geografía, la Tierra, son una misma cosa.Tal vez el clímax de esa época lo ilustra el “descubrimiento” de la serie de bajadas “de Olleros”, caminos antiquísimos que comunicaban los pastizales altoandinos precisamente con las lomas donde comenzó todo y también con los balnearios del sur y que hasta hoy siguen usando los pastores nómades en sus migraciones anuales. Lo que aprendimos sobre esto, en bicicleta, es toda otra historia.
Estas rutas, que al principio tardaban hasta doce horas de duro trajín, no menos duro por ser de bajada, han sido elogiadas por la revista internacional más especializada (en The Forever
Downhill en BIKE Magazine, USA), pero la mejor prueba de su calidad la dan los gringos experimentados que hemos llevado por allí: se pasan de vueltas. Simplemente no lo pueden creer. Sin embargo, para algunos no era suficiente y seguimos buscando. Sabíamos que después de todo, Olleros no era más que la culminación de una vuelta parcial que unía las cuencas del Rímac y del Lurín por sus cabeceras intermedias y que en su recorrido acotaba muchos ámbitos menores que no habían sido explorados. Además, había que crecer, así que pasamos a la cuenca del Mala, que revisamos desde Huarochirí hasta Bujama.Pasar a la cuenca del Cañete ya era otra cosa. Cuando uno se asoma al mirador de Chancuya el espectáculo es impresionante: Al fondo, a tus pies, al final de lo que parecen ser miles de zig-zags de una terrible carretera están incrustados, en cerros de diferentes cobrizos y dorados, Huarochirí y sus anexos, cabeceras intermedias del Río Mala, que allí se llama SanLorenzo.
Atrás, arriba, cerrando el horizonte al Este y coronando enormes costillares de los Andes, la Cordillera Real: a la izquierda, los nevados de Matucana y Ticlio; al centro, la cordillerita sagrada del Pariacaca; muy a la derecha, cerrando un enorme semicírculo que nos rodea, ya hacia el SudOeste, la cordillera Picchahuacra, donde el nevado Ticlla, que desde aquí semeja un copo de helado, da origen al Río Cañete; el Llongote, como un paredón derruido, se ve cerquísima a la AltaMar más allá de la pampísima puna entre Quinches y Tauripampa, gris sobre contrafuertes amarillentos que desaparecen entre los estratos marinos. Esas montañas, sobre todo Pariacaca, me llamaron. Además, desde aquí se entre veía y adivinaba el gran arco que este Río traza desde su nacimiento, haciendo su cuenca muy amplia y compleja. Para llegar a sus cabeceras intermedias había que pasar un alto abra muy cercano a su naciente. ¿y porqué no llegar a ella?Esto esperó varios años, porque implicaba una expedición a la Cordillera y disponibilidad de una semana, por lo menos, entre otras cosas. Había que buscar el momento y un grupo (esto, lo más difícil). Si fuera posible, un sponsor (más difícil aún).

Así me pasé escrutando mapas, fotos, hipnotizado por el Pariacaca, a quien convertí en mi Apu personal. Es que el cerro es casi objetivamente hermoso con sus cumbres gemelas. Y además es centro de una historia fascinante. El Camino Real que iba de Pachacamac a Jauja y de allí a Cusco, ese cuyos restos hoy son perfectamente visibles a lo largo del valle de Lurín desde Cieneguilla, tenía un tambo y un templo al pie del nevado donde se hacían ofrendas para agradecer el escaso buen tiempo o pedir que se aplaque la furia de los elementos desatados (recordar que entonces la nieve perpetua empezaba a 4000 msnm). Parece que era uno de los pasos cordilleranos más temidos entonces y en la Colonia. Pudimos seguir los restos del camino -algunos tramos realmente buenos y dignos de rehabilitarse para el turismo- hasta Huarochirí-ciudad, donde perdimos el rastro: los datos se entrecruzaban, cada anexo se adjudicaba el verdadero Camino Real a Pariacaca y Jauja. No se podía estar seguro. Hasta que un día un colega me mostró una fotocopia
de una noticia del año 31 donde se reseñaba la partida de una expedición de andinistas franceses desde Huarochirí por San Juan de Tantaranche, siguiendo el verdadero Camino Real, para escalar el Pariacaca. Mentalmente, entonces, la ruta estaba completa. La bajada a Cañete era más evidente: otro camino Inca, el de Huarco, bajaba paralelo al cauce, y aunque la carta recién consignaba carreteras a partir de Alis, después de más de 100 kms y 5 días de senderos desconocidos, estos aparentaban ser lo suficientemente ciclables como para arriesgarse.Escogí luna de Mayo, mes central de la primavera andina, que generalmente ofrece un clima benigno, pero variado. Una semana antes, completamente fuera de estación, había nevado y llovido persistentemente en todo Huarochirí y Jauja, así que cabía esperar sorpresas de plenilunio.
El grupo que me había acompañado en casi todas las aproximaciones previas y todas las alucinaciones, fue desertando poco a poco, acuciado por la cotidianeidad y la burlona disuasión de otros cleteros, que opinaban que los estaba llevando al medio de la nada. Así que salí solo y sin avisar un lunes, en Pérez. Si a alguna parte de la expedición le temía, era precisamente a ese Viaje. Un par de tramos a medio camino, pero sobre todo la bajada final a Huarochirí, con una serie de apretadísimas curvas más que en U, verticales, ofrecen al pasajero una vista preferencial del vacío que le espera si algo falla. Pero el envidiable récord sin accidentes de esta carretera parece confirmar que lo que no gastan en carrocería y comodidades lo invierten en frenos y dirección. Y los choferes son buenísimos. Aún así, me sentía aliviado por tener que hacer el viaje sólo de ida. 
Pérez sale de SanLuis a las 10am hacia su otro paradero en el corazón del Agustino, donde tarda hasta una hora en subir con cuidado la carga en la parrilla (canasta le dicen ellos). Y la mayoría de pasajeros. Luego, hacia Cieneguilla. Ni bien se termina el asfalto y la policía, varios que iban parados, hasta algunos sentados, se suben a la canasta y así emprende Pérez su alegre periplo folkloricazo. Todo un trip de Perú profundo a las puertas (falsas) de Lima. Son 6 a 8 horas de polvorienta carretera. En el camino te pegas en el río, las cañas, los huarangos, las huertas, los frutales, los cerros, los restos del Camino Real, visibles hasta q la carretera comienza a trepar zigzagueando por las áridas laderas (km 80, +o-). De allí se cruzan
tantos caminos q resulta difícil decidir cuál es el troncal. Por partes empircado, por otras escalones bien labrados te van dando indicios hasta q al coronar los altos farallones en SanLázaro de Escomarca (+o- km 100, 3700 msnm) se le puede ver claramente cruzando la quebrada con el rumbo más corto a Huarochirí. Por carretera vagamos todavía media hora de surreal sanset por una alucinante meseta., verdadero techo del mundo desde donde de pronto te asomas a ese impresionante paisaje de profundos valles y altas cordilleras que decía, pero también a la terrible bajada. Pero una vez que ya estás embarcado te entregas con alegre fe a ritmo de chicha .
Como en algunos vuelos al aterrizar, muchos aplaudimos cuando el carro llega, anocheciendo. Esa noche y el día sgte, martes, los pasé aclimatándome en Huarochirí para tomar al atardecer el carro hacia Tantaranche. Pero antes de embarcarme, probando la bici, noté que algo fallaba. Algo imprevisto, imprevisible, serio. Logré engañarme y seguí adelante con el plan. Me acosté intentando tranquilizarme y me levanté a tratar de arreglar la avería a las 4 de la mañana, gélido y a oscuras, hasta que, finalmente, quedé satisfecho.
El arriero que había contactado con anterioridad previsiblemente me falló, así que tuve que buscar otro, cosa que no me resultó ni fácil ni barata, como esperaba. Finalmente, me enteré de que un hato de llamas estaba saliendo hacia Carhuapampa, mi jornada del día, y que podía llevarme por una mínima suma. Cargué mi equipaje, todo salía demasiado bueno para ser cierto. Efectivamente, a los 200 metros, la avería, maquillada en mi taller viajero, incapaz de llegar a la causa primaria del asunto, colapsó en medio de chirridos, billas rotas y una mazamorra de grasa con metal pulverizado. No me detuve en reflexiones. Descargué y regresé
al pueblo, donde la infaltable tribuna local, con sus niños y su borracho, se compungía ante la confirmación de que algunas locuras son, simplemente, irrealizables. Pero antes de media hora, en el fresco patio del hotel “Tantaranchina” ya había identificado y aislado la falla y sus causas, originada en mi exceso de confianza en un irresponsable mecánico. No había alternativa: un taller especializado y repuestos. Regreso a Lima pero sólo para reparar la pieza. Diez minutos después, con equipaje mínimo, emprendía el trekking a Huarochirí:
medio día de caminata para tomar, al día sgte, el Pérez a Lima ¡era tanto tiempo! Felizmente, encontré en SanLorenzo un camión quesero que se iba al toque. Duro pero hermoso viaje en la canasta, con Luna Llena y docenas de sentimientos encontrados. A las 3 de la madrugada yo era un loco que casi corría por las últimas cuadras de la Javier Prado, en short, chullo y con una rueda de bicicleta en la mano. El serenazgo me detuvo y no entendió nada. En todo caso parecía inofensivo y no provocaba disturbios. Una hora más tarde dormía en mi casa y toda la mañana siguiente me dediqué personalmente a la reparación . En la tarde una
llamada y por fin consigo un escudero. Esa tarde y esa noche me dedico al relajo total, tipo descanso del guerrero, con el aliento de mis seres queridos cercanos, que por un momento temieron que la xpedición abortara.Partimos viernes. Cuando me fui quedando solo en el proyecto me sentía perfectamente capaz de hacerlo solo, pero cuando ocurrió la avería sentí la falta del apoyo moral de un compañero. Así que mandé un tiro al aire y llamé a Jose Coloma. Cogido de sorpresa, le dije que nos íbamos de fin de semana a Huarochirí, uno o dos días más a lo
sumo. Parece que comprendió a la perfección y sin pensarlo dos veces tomó una semana de vacaciones. En un día evidentemente no pudo reunir el equipo óptimo, pero su buena voluntad lo suplía con creces.Esta vez el viaje era de fresa hasta Tantaranche, una verdadera odisea de 11 horas que se hizo ligera por la interminable conversa con el recluta, a quien recién empezaba a conocer. La sazón la puso un atajo de 89° en la bajada a Huarochirí que antes me parecía demasiado para una 4x4 y aún para rappel. Perez la hizo al son de chichas y huainos. Un susto corto a cambio de las
insufribles curvas de tres tiempos. Una vez más, contradiciendo los principios elementales de la Física, no pasó nada.La oportunidad de viajar con llamas no se repetiría y, como de costumbre, y aunque ya había quedado pactado, fue problemático conseguir al arriero y al burro. Explico la necesidad: a lo largo de los años, hemos llegado a un estilo de viaje en que llevamos sólo lo estrictamente necesario para cubrir jornadas de poblado en poblado y, eventualmente, vivaquear, sin carpa. Así se evita llevar esas pesadas
alforjas que hacen de las carreteras un suplicio y que en senderos estrechos impiden maniobrar y mucho más, portear. Lo ideal es 12 kgs de peso entre equipo, ropa y comida, repartidos entre una mochila de ataque a la espalda (4) y una parrilla trasera (8). Para la Cordillera hasta 15kgs peso q se puede reducir con equipo más especializado. Pero como mi objetivo de fondo es el placer, ni siquiera quiero cargar esos kilos por senderos ascendentes a los cuales la carga les quitaría acción. Así que mejor pago un burro (S/.10/día), que no sale sin arriero (1
jornal=S/.18), que llevan eso y un exceso de lujo que se puede permitir porque el animal va ligerísimo con mucho menos de los 60 kgs que fácilmente puede cargar. Así, sólo me encargo de disfrutar el camino al máximo. Pensaba usar ese servicio las tres primeras jornadas. El resto aparentaba ser posible con el equipaje reducido y debidamente cargado. Por la misma razón nos apoyamos en el transporte provinciano, que nos lleva hasta donde la diversión realmente empieza. Y aunque no buscamos establecer récords ni demostrar nada, queda claro que la atención puesta al
manejo, las dificultades y obstáculos del sendero, los bruscos desniveles, el esfuerzo mental y corporal aún en descenso, hacen que cortas distancias en estas rutas sean más fuertes e intensas que largas jornadas cargadas de carreteras.San Juan de Tantaranche (circa 3400msnm)

Fin de la última repartición de la carretera Lima-Huarochirí, km 150 aprox. Anexo de Huarochirí, en la margen opuesta del Río SanLorenzo, al Este de la ciudad. En Huarochirí todavía hay luz eléctrica. Incluso un par de manzanas asfaltadas. Arquitectura señorial donde la hubiera, desgraciada por techos de calamina oxidada y una plaza que acude a motivos Chavín que pudieron ser otros más localistas. En Tantaranche ya no hay luz ni asfalto. Calles empedradas y arquitectura más rústica, encantadora. La mitad de los techos son de paja o
tejas, incluso hay de piedra. Como todos los templos, el de aquí es grande y robusto, de adusta hermosura. Inverosímilmente, tiene un buen hotel (1 estrella) permanentemente disponible. Notables conocidos: Inés (sesentaitantos), simpatiquísima y coqueta tendera de la plaza; el atentísimo señor Moreno, administrador del “Tantaranchina”; No tuve contacto con las autoridades, aunque vi y observé al alcalde en el primer viaje de
Huarochirí a Tantatranche, que fue experiencia alucinante, lleno de unos comuneros bien insiders, totalmente chambinescos, de ambos sexos, de amplio rango de edades, atuendo completo con chullos, ponchos, ojotas y tajllas, arrechantes cortejos entre adolescentes, chismorreos entre mamachas, la inevitable bronca entre borrachos. Surrealista, casi
pesadillesco en la agitación mental en que me encontraba. Regresaban de una minka y entre ellos, presidiéndolos, inesperadamente colorado y alto, enjuto pero sólido, de rasgos aquilinos tocado de sombrero fino, con actitud de entre dueño de la situación y ligeramente ausente, flanqueado por dos guardaespaldas andinísimos. No me pareció de C-90. Lo confirmé después.En la siguiente ocasión, la de la partida verdadera, conocí en Tantaranche otra división más de la humanidad en dos tipos: uno es como
el joven médico foráneo, lambayecano, que hacía sus prácticas como jefe de posta en el pueblo, reforzada con personal y equipo de la campaña de Salud en curso (buena campaña, se reconoce). Al vernos partir y enterarse del proyecto, nos felicitó y despidió pero sobre todo, calurosamente nos agradeció por hacerlo. He aquí el tipo que comprende todo de una sola. Los otros son los que creen en tal cosa como “el medio de la nada”.La ruta a Carhuapampa, excelente para un trekking ligero, cerca de 20
km de suave ascenso, con algunas zonas de riscos y escalones fácilmente porteables. La quebrada es una sucesión de terrazas escalonadas separadas por breves cañadas, cada una representando distintos pisos ecológicos hasta llegar al pie de la puna. Después de una última cañada de caliza blanca, con chorrillos termales, donde el río se sumerge y desaparece, lugar llamado Huari, está Carhuapampa.Este tramo es el menos ciclable. Alrededor del 80% en tiempo. Sin embargo, la variedad y la regularidad
hacen de las porteadas no más que un placentero ejercicio.Carhuapampa (circa 3900 msnm): pueblito marrón en medio de su pampita amarilla, o dorada, al pie de inmensos farallones negros sobre arena blanquísima. De puna, pintoresco, no necesariamente bonito. Gente atenta y hospitalaria.
El relajo caracteriza nuestro paseo. No salimos ni tarde ni temprano. Llegamos con tiempo para descansar al sol en unos pedrones a la entrada del pueblo, a orillas del río, algo sucio
de plástico y otros restos y donde algunas mamachas lavaban ropa. Antes contactamos a la gentita indicada: Los Pomalazos, ganaderos y además atentos propietarios de una bien surtida bodega. Al toque se aplicaron a preparar un super combo semitípico. Lo servicial no desmerecía el aura de profunda respetabildad que los jefes, Cecilio y su joven hijo César, emanaban. Vivían felices y relajados en una casa solariega en medio de sus mejores llamas, unas 20. Estamos algo desilusionados porque ya existía una carretera y al final de ella, mejor
dicho más allá, una compresora que alguna minera informal ha llevado para arrasar con Huari y su bello botín de piedra caliza. La carretera es de bajo impacto, sin embargo, sin cortes de dinamita, que sólo en algunas partes coincide con el Camino Real, que se ve ciclable y pronto se separa, nosotros sobre él, para emprender la trepada definitiva, que empieza con un puentecito de esos hacia un paraje de queñuales y de ahí, progresivamente, hasta el abra Mancacoto de 4800 msnm donde pasamos del Mala al primer afluente
del Cañete por la izquierda. Excepto una escalada de 30m a tres patas, presentaba pendiente moderada totalmente ciclable, pero el progresivo ascenso con la veta acechando en cada metro más, la hacen algo dura. La hice de una, sin desmontar, sin embargo. Pero el cerro siempre pide una víctima y ya la había escogido: Jose llegó una hora después que yo y ya había vomitado hasta el alma. Eso y la coronada lo habían aliviado un poco. Hasta hicimos algo de fotos y de ahí a bajar, pero sólo hasta 4400, lo cual no parecía suficiente para él, que
recayó y se ponía cada vez peor. Pasando el abra nos dimos con la sorpresa de que ya había una carretera, aunque abandonada, una huella, sobre el Camino Real, excelentemente ciclable. A los 4 km de pura velocidad llegamos a Huachipampa.Huachipampa (4400 msnm): los comuneros estaban reunidos en plena faena del lavado del ganado, que dura varios días, así que no nos pudieron dar mucha bola. Los heroicos maestros nos atendieron, sin
embargo. Gélida noche de soroche mortal para Jose, subequipado y que no retiene ni el agua. Alucinante caminata nocturna, casi tibia, para mí, adorando al Pariakaka por fin alcanzado en Luna casi llena. El frío, la sensación, puede llegar a ser subjetivo. El agua congelada en nuestras botellas hasta las 11am es algo de lo más objetivo.(-10°c a las 05am).
Al día siguiente Jose sólo quería largarse, pero el cuerpo, la cabeza, no le van a dar. Una arenga fuerte lo reporta y es el inicio de su
recuperación. Queremos irnos a media mañana, pero una ceremonia en la escuela, donde me veo obligado a dictar una clase magistral, y una sopa de habas nos retienen hasta casi las 1400. Nos ofrecen pachamanca y un digno recibimiento para ocasión más oportuna, pero que no dejemos de volver.Huachipampa es un caserío de chozas de piedra chatas, casi a ras del suelo, con techo cónico de ichu. Literalmente en medio de la puna brava, barrida por un vendaval gélido. A cierta distancia del caserío hay cuatro
estructuras occidentales: la escuela y el local comunal, felizmente de madera, donde dormimos. Las autoridades, los Lázaros, acuden a despedirnos muy compungidos por no haber podido abandonar su faena para hacernos los honores. Paisajes amplios, mucho celaje y nevados y dorados, salpicados con algunas de las más bellas (y ricas en truchas) lagunas de la sierra. Tenemos los primeros atisbos del origen del increíble color del Río Cañete. A la vista y a la mano llamas, alpacas, pacos, venados. Aves miles. 
Tanta (4200): En dos horas, ya sin burros, cargando todo por el Camino Real, todo en descenso ciclable, llegamos a una enorme laguna que está en pleno curso del Río Cañete, que aquí discurre plácido por una larga pradera verde y dorada. El río Huachipampa, que viene de Pariacaca, desagua en esta laguna. Aguas arriba, por otro excelente camino, en la orilla opuesta de otra carretera que no figura pero que ya sabíamos (Jauja-Tanta), llegamos a Tanta. Pueblo de ganaderos, activo
pero bastante descuidado, alguna vez habrá sido lindo. Es puerta, empero, de un circuito turístico de gran potencial. Tanta es el acceso a la pequeña cordillera Picchahuacra, paraíso y reto de trekking y escalada en roca y hielo, naciente del Río Cañete. Docenas de lagunas. Hicimos sólo un pequeño tramo de las posibilidades. Al día siguiente de llegar a Tanta, con Jose bastante recuperado y hasta motivado, hicimos la ruta de 15km Tanta-Ticllacocha. Descargados, delicioso. Los caminos que vimos y usamos son inmejorables
ciclovías de montaña. Y la escénica se para por sí sola: de lo mejor que se ha visto y tan singular. Increíble. Ver para creer y entender. Ese arco del glaciar enmarcando al Pariacaca en el centro del cielo a tus pies....Notables: el maestro Vidal y su bodega siempre abierta. Las autoridades políticas cumplieron: los Jiménez y sus socios son una alegre pandilla que parecen tener alguna cuentilla pendiente. Lo importante es que pusieron el local comunal a nuestra disposición los dos días que pasamos allí. Y todo el abrigo que necesitamos.
Tragadero (Tanta-Vilca): el Cañete nace hacia el Este. De allí, en perfecto arco, vira hacia el S, a la derecha. La carretera a Jauja lo sigue hasta q comienza el giro y de allí sube la ladera hacia el E y se aleja del valle, que aquí no se puede llamar cañón porque esas impresionantes laderas no son paredes sino algo q se podría definir como pampas verticales, allí, en perfecto arco, vira hacia el Sur, a la derecha.La carretera a Jauja lo sigue hasta que comienza el giro y de allí sube la ladera hacia el Este y se aleja del
valle, que aquí no se puede llamar cañón porque esas impresionantes laderas no son paredes sino algo que se podría definir como pampas verticales, impresionantes por la enormidad que sugieren y la fauna que albergan. Aquí, donde la carretera se va, en un sitio donde el río se sumerge bajo tierra, llamado Tragadero, tenemos que seguir primero unas confusas huellas de ganado que poco a poco se convierten en algo de lo mejor que hemos hecho en bicicleta. Tampoco hay palabras. Y simplemente no puede uno estar
parando cada dos minutos a apreciar una nueva perspectiva del paisaje o a expresar tu exhilaración por la ciclovía (y quedarte corto). Los dos componentes del ciclomontañismo, escénica y calidad de camino, casi en exceso. La llegada a Vilca, la laguna , su bosque flotante, es un clímax que parece un anticlímax porque no se quiere que acabe.Vilca (circa 3800 y pico): hasta aquí hemos ido por un valle de alta puna. Vilca está situado en un sitio donde el valle se angosta y se forma un dique
natural cubierto por un boque que prácticamente crece sobre las aguas de la laguna que contiene y que desagua por una serie de cascadas que el padre de la ingeniería hidráulica no podría ni imaginar en su mejor delirio. El pueblo se encuentra colgado de una colina rocosa que remata el conjunto y donde se cambia de piso a la Suni. La arquitectura es agradable a la vista, pero dentro del conjunto destaca por su impertinencia un edificio de ladrillo y cemento de 4 pisos totalmente fuera de contexto, un “albergue”(parece hostal) regalo
de Fujimoto a su pueblo engreído de un momento. Totalmente iluminado (Vilca recibe luz eléctrica) y acabado, pero no implementado. Una sola cama, un solo colchón. El agente municipal, Efraín, palabrero y untuoso, obviamente fujimorista, que asumió la representación del pueblo, perpetró un verdadero atraco: primero nos dijo su voluntad, pasando a cobrarnos, luego, 20soles. En varios momentos notamos cierta tendencia a aprovecharse de las arcas del viajero pero Efraín se excedió. La amable propietaria del único restaurante de Vilca dejó de irse a su puna para atender nuestro filo. El chorrazo de agua caliente del hotel, primer baño en cuatro días, nos resucitó. Es demás intentar describir el paisaje de Vilca y su hinterland. 

notorios repechos y tendidos pueden llegar a ser muuy macheteras. Por eso no nos emocionaba mucho este tramo que además resultaría ser casi todo en subida. Pero esta vez el paisaje suplió todo. Sólo quieres llegar al siguiente recodo y pretextar lo que sea para extasiarte con un nuevo ángulo. Y dejas muchos en el camino. Aquí el Río es una larguísima laguna o una larga serie de lagunas separadas por esos diques coronados por esos bosquetes que decía. La inutilidad de las palabras. Última visión del Pariacaca Sur, tan lejano al Norte.
Parece mentira q viniéramos de más allá. Con justicia se le puede llamar a esta la Ruta del Pariacaca. Este pequeño mar en las alturas termina en un cañoncito por el que la carretera baja bruscamente hacia el siguiente piso: las quechuas de Huancaya. Pasamos rápido sus estanques, su color de aguas, sus puentecitos de piedra colonial y su pulcra arquitectura y al poco rato de frenético downhill la laguna Piticocha cierra la zona de las maravillas.
Pernoctamos en Alis, sobre la carretera Huancayo-Cañete y ya en zona bien trillada por el cicloturismo convencional.Alis está en el km 174. En una dura jornada llegamos hasta Catahuasi, ya en clima subtropical, km 82. El baño en el Río, caudaloso y tibio, fue lo máximo. La encantadora anfitriona de “El Yauyinito” nos agasajó con un enorme seco de un gordo cordero, combinado, pallares. Consumado catador de este potaje, no recuerdo uno mejor. De veras.
Al día siguiente llegamos a Cañete. No pude hacer la foto en CerroAzul porque un amigo, primo de Jose, nos levantó en el camino.

Con esta etapa completamos la Ruta de los
Guardianes del Agua llamada así porque recorre sin interrupción las cabeceras intermedias y nacientes de todos los ríos y quebradas que desaguan al Sur de Lima, desde la margen izquierda del Sta Eulalia hasta el Cañete. Sus habitantes, desde tiempos inmemoriales, en su quehacer agrícola, se encargan de manejar y conservar el agua, cada vez más escasa, que finalmente llega a Lima. El proyecto se inició en octubre de 1990, con la etapa San Bartolomé-Tupicocha-Cieneguilla y desde entonces se han unido los pueblos de
Casapalca, San Juan de Iris, San Pedro de Casta, San Mateo de Otao, Canchacalla, Cumbe, Cocachacra, San Bartolomé, Chaute, Santiago de Tuna, Tupicocha, San Damián de los Checa, Sunicancha, Santa Ana, Lahuaytambo, Langa, San José de los Chorrillos, Lanchi, Santo Domingo de los Olleros, Mariatana, San Lázaro de Escomarca, Huarochirí, Sangallaya, Santiago de Anchucaya, San Pedro de
Huancayre, San Lorenzo de Quinti, San Juan de Tantaranche, Carhuapampa, Tanta, Vilca, Huancaya, Vitis, Alis, Tintín, Laraos, Catahuasi, Zúñiga, Pacarán, Lunahuaná y Cañete; San Joaquín, Huañec, Cochas, Quinches, Ayavirí y Huampará; Omas; Pilas, Tauripampa y Ayauca; sus anexos y sus sectores que juntos harían una lista que sólo uno de los huainos que permanentemente suenan en Pérez serían capaces de recitar. Este es un recorrido longitudinal que acota un ámbito geográfico enorme y que a
pesar de estar tan cerca de la capital (de hecho es su propio ámbito) hemos explorado muy poco. Los pueblos sobreviven olvidados de la ciudad en una curiosa mezcla de atraso y modernidad . Durante el trayecto se unen varios subcircuitos que se paran solos para el ecoturismo, vivencial y rural.
el Río en bici desde su nacimiento. Pero sobre todo, por la increíble calidad y longitud de los senderos. Pero es un paraíso condenado. El micro mar que se oculta en esas alturas es necesitado con urgencia por la megalópolis y por varias partes se topa uno con funcionarios y técnicos que buscan el mejor lugar para la o las represas que como se sabe, representan un altísimo costo ambiental. No creo que una obra así sea indispensable, dada la prodigiosa distribución del agua en las lagunas del AltoCañete. Sin esto, las ubicuas carreteras avanzan, ciegas al costo/beneficio turístico, y sólo es
cuestión de tiempo para que el increíble tramo de Tragadero y lo que queda del camino de Huarco se desgracie. Y ni hablar de las minera informal de Fujimori, en Vilca, que ya se frota las manos pensando en contaminar las aguas más límpidas del mundo.
Labels: bicicleta, ciclismo de montaña, cicloturismo, guarco, huarco, huarochiri, pariacaca, río alto cañete, río cañete, yauyos

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