Apu Trails de Perú

Porque ya tantos años en esto de ir siguiendo el camino, y sobre todo en bici, que eso es ya la descripción mejor:"tras las huellas de los dioses..." Espero, sin embargo, que esto no quede en un blog viajero.

Wednesday, November 14, 2007

Dos años de Ciclomontañismo en Iquitos




Solo.
Tipo loco.
Vagabundeando por los caminos.
Así me tienta sentirme a veces cuando me encuentro, pensando al pedalear, qué hago aquí, haciendo esto. Si es sólo por este raro placer masoquista o es por el pretexto de siempre, que estoy haciendo esto para abrir nuevas rutas para el turismo, etc. Así, cuando la universal pregunta que te hacen en el camino de “¿a qué vienes aquí?”, “¿cuál es tu misión?” o cualquiera de sus variantes locales, que ahora a mí me cogen en esta especie de estupor en que te sume el tomar así la selva y que notas al detenerte a “tomar aire”entre tramo y tramo de una ruta amazónica, cuando me preguntan esto ya no sé qué decir y pongo esa cara boquiabierta, extática y muda que lo dice todo: “...vengo pues...simplemente...a disfrutar!!!...”


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“¡Aasu! Cómo calientan los motores aquí afuera!” piensa uno al salir, de noche, del aire acondicionado del avión a la escalinata. Ya en la pista, entendiendo que es el clima y no los motores comienzas a preguntarte si en esa densa, tibia mezcla de dulces gases es posible hacer algún esfuerzo físico.

La sgte pregunta es cómo se puede sobrevivir en este caótico tráfico de 90% motocarros y motos y 10% de micros. No aparenta ser un buen ecosistema para las bicicletas, aunque se ven algunas.

Dos primeras impresiones equivocadas, como muchas acerca de esta ciudad. De hecho, no sólo es posible el trabajo rudo y el deporte, sino que se constata que cierto ritmo metabólico superior al de la actividad normal, mientras puedas sostenerlo, refresca el cuerpo más q el reposo. En los casos extremos, no raros, al poco tiempo uno siente que no puede haber vida fuera de estos aires.


En cuanto al tráfico, resulta que el aparente caos guarda una especie de racionalidad del desorden q se comprueba en la baja incidencia de accidentes graves. Se suelen respetar las preferenciales y las luces rojas, aunque las prolongadísmas ámbar sean una lotería. Sorprendentemente, los motocarristas no suelen abusar del ciclista aún en situaciones en que podrían hacerlo normal no más. Se conserva y respeta la derecha, aunque no recomiendo al ciclista hacerlo por la obvia cuestión de los motocarros y micros deteniéndose bruscamente a ese lado. El parque de cuatro ruedas sería despreciable si no fuera por la letal presencia de los micros. No combis ni custers, sino micros: ubicuas malformaciones de lata y madera montadas en chasises overhauled Toyota o coreanos de tres toneladas manejadas por infrahumanos q aparentan profesar un fervoroso odio a la vida. Los peores de su especie en el Perú. A ellos sí hay q temerles, pero conociendo sus rutas y sus perversas intenciones es posible driblearlos. Pero en definitiva, para quien viene de Lima, luego de un breve período de confusión/adaptación, el tráfico iquiteño es perfectamente controlable.

Lo que no se percibe tan inmediatamente pero que hace tan famoso a Iquitos, aunque se malinterprete esa fama, es la impresionante cantidad de mujeres bellas que lo pueblan. Tal vez sea simplemente una consecuencia estadística del hecho de que parece haber no menos del doble de mujeres que de hombres (normalmente parece más). Entonces, a más mujeres, más bellezas. Y si uno se sacude un poco los estereotipos convencionales de belleza que distorsionan nuestra percepción, cosa natural en un clima que sensualiza tanto nuestro metabolismo, resulta que prácticamente a todas las encontramos hermosas, que no es lo mismo q ser bellas pero que en todo caso designa con rigor a estos magníficos ejemplares de humanidad femenina. Bienvenidos a la capital de la Amazonia.

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Iquitos (115msnm)está en una lengua afilada de tierra entre tres ríos: Itaya a la derecha, al E; Nanay a la izquierda, al W y Amazonas al extremo derecho, al NE. La zona urbana propiamente dicha tiene unos 5 km de largo S-N q se prolongan al N por una zona portuaria e industrial otros 6 km q rematan casi en la actual confluencia del Nanay y el Amazonas en el puerto artesanal de Bellavista-Nanay. El ancho en el centro urbano es de unos 3 km, limitando al W con un sistema de cochas y tierras de inundación del Nanay llamado Moronacocha, q tambien es puerto de invierno, al E con otro sistema análogo del río Itaya, algo más bajo (entre 1 y 2 m) pero de acelerada sedimentación y q sólo desemboca en el Amazonas, ya fuera del campo visual al nivel de la ciudad, por un canal de dragado. En las dos orillas el recurso escénico es invalorable pero se despotencia por ser ambas destino fianl de todo el desagüe de la ciudad, que se vierte crudo, y, en el caso de Moronacocha, además por una evitable tugurización q bloquea la vista. El centro, pegado al E, al malecón o “bulevar” que mira al Itaya y a la Amazonia al NE sigue el modelo de damero que al alejarse se va adaptando a la topografía, ligeramente ondulada y con algunas quebradas vivas. Aunque en retroceso, se conserva un buen volumen de patrimonio arquitectónico monumental. Es necesario promover su restauración, conservación y puesta en valor mientras la ciudad encuentra su propia arquitectura contemporánea. Al S se encuentra la zona suburbana de San Juan, de acelerada incorporación al ámbito urbano y que limita con el aeropuerto y el inicio de La Carretera Iquitos-Nauta. Al N, cruzando el Nanay por Bellavista, hay una gran zona ya deforestada y degradada ideal para el futuro crecimiento urbano pero explicablemente despreciada en vista de las aparentes ventajas y facilidad del crecimiento hacia el sur y la carretera. Un sencillo sistema de ferrys corregiría esta distorsión y balancearía mejor la asimétrica expansión de la ciudad.


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“Es imposible” sentenció desde su moto el exciclista al interrogarle acerca de las posibilidades de practicar ciclomontañismo en los alrededores de Iquitos. Y en verdad, en ese momento, pleno Invierno amazónico, la categórica afirmación resultaba más que creíble, sostenida por la información del mapa ecológico, que define a la región como “aguajal”, bosques de aguaje, esas palmeras prehistóricas, bosques oscuros, húmedos y lóbregos, hábitat favorito de sanguijuelas, anguilas eléctricas, anacondas y enfermedades sin nombre. Bajo un tiempo q parece confirmar eso de que “aquí, en verano llueve todos los días y en invierno llueve todo el día”, las perspectivas para el MTB se oscurecían. Pronto entendimos que no era tanto así y a los dos años ya tenemos un patrón opuesto. Así, pocas semanas después supimos que normalmente no llueve a diario y q se presentan varios veranos dentro del “Invierno”. Y es que aquí, además de llamársele “Invierno” en específico a la Primavera-Verano austral, más frecuentemente se usa en genérico para designar cualquier temporada nublada, fresca y húmeda que se presentan, 4 a 8, a lo largo del año. En contraposición, se llama verano a los períodos bonancibles, soleados y cálidos q son la regla.

Aunque, en efecto, las lecturas del pluviómetro, aunque irregulares, dan algo más de precipitación entre octubre y abril, el hecho no es muy aparente y la sensación que se tiene es de que aquí llueve parejo todo el año pero en todo caso menos de lo que es fama. Sí es posible,en cambio, distinguir las estaciones por tipos de lluvia. Los cielos de Invierno, con nubosidad completa a todas las alturas suelen producir laaaaaargas garúas eventualmente intercaladas por tormentas moderadas entre bonanzas. Este tiempo parece asociado no sólo a la ZCIT sino tambien a la dinámica del Caribe y Atlántico tropical, incluso a los roaring forties de este océano.
Este tipo de precipitación, que lenta pero seguramente va saturando el suelo, es la mayor limitante climática para lo nuestro. Las lluvias del Verano, en cambio, provienen de veloces cumulonimbus vagabundos. Bulliciosas, violentas y breves, acompañadas de vientos hasta huracanados y la parafernalia completa, sólo humedecen el suelo superficialmente. Los períodos fríos o inviernos dentro de esta estación están asociados al invierno austral en la Patagonia y aún en el Pacífico Sur. Esta es una gruesa generalización correspondiente a un período de observación insuficiente que se puede complementar con las 2 o 3 grandes tormentas q se pueden presentar en cualquier temporada causando grandes destrozos.


Lo que sí es determinante estacional es el régimen fluvial. Aunque las lluvias en el llano amazónico producen notorios incrementos en el caudal de los ríos de segundo orden, el determinante de la creciente es el caudal de los grandes ríos de origen andino que, al subir significativamente de nivel, embalsan a sus afluentes menores iniciando un proceso hidrológico que por vasos comunicantes activa quebradas estacionales e inunda áreas de altura (aquí se llama “altura” a todo lo que esté fuera de los lechos y terrazas de inundación) varios metros por encima del nivel del río, que por entonces ya ha perdido su significado de corriente de agua por un cauce para convertirse en una lámina masiva y casi inmóvil, deslizante, ilimitada de agua. Esta condición es la otra gran limitante del MTB en la región pero sólo condicionada a la saturación del suelo proveniente del clima local tal como se pudo constatar este año con la irregular creciente originada por los deshielos del inusual Invierno Sur. Aun sabiendo q esta es toda el agua de los Andes reunida, aún viviendo aquí nunca deja de ser impresionante, inimaginable su volumen.

Todo este engendro teórico se hacía palpable en las diarias pedaleadas al trabajo. De 7 kms de distancia, sólo dos son de asfalto y el resto constituye todo un muestrario de los tipos de suelo y superficie que me tocaría rodar. Contra lo que se podría esperar, aunque en la zona abundan el limo y la arcilla, parece predominar la arena, una muy blanca y muy fina, asociada por aquí a la cuenca del Nanay. Salvo las superficies puramente arenosas, que no abundan, todas las combinaciones son excelentemente rodables en seco. Hay arcillas –gredas- de todos los colores pero predomina la rojiza, que al mojarse en pocos minutos se convierte en una masa pegajosa que se adhiere de llantas y zapatos y hace imposible cualquier tipo de desplazamiento. Las plomizas, en cambio, favorecen la formación de charquitos que al multiplicarse en los caminos hacen insufrible la pedaleada y aislados y mayores suelen presentar sorpresiva, infranqueable profundidad (se recomienda siempre ensayar el respectivo wheelie o caballito al atacarlos). Otras superficies, arenosa-arcilla roja a amarilla o arena-limo plomo, al mojarse no evacúan el aire y se vuelven de pesadísima rodada. La mejor combinación para el agua, felizmente abundante, es arena con limo oscuro a negro, que al saturarse se endurece e impermeabiliza permitiendo una rodada solvente aún con un metrode agua encima. Esos eran los factores entonces. La propia experiencia se enargaría de llevarnos a conclusiones palpables.


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Todas esas obsevaciones y conclusiones fueron llegando esn su momento. Después de dos meses de inactividad ciclística que excceptúa todo lo que no fuera estrictamente transporte, me consideré aclimatado. Este es un factor importante. Vivir a 25 ó 26ºC en promedio,con largas máximas diarias de 30+ºC (sensación térmica =34+ºC) implica un ritmo metabólico muy diferente al correspondiente a climas templados y aún subtropicales. Hay que prepararse y acostumbrarse al más alto ritmo de deshidratación, lo cual no es poca cosa. También hayq estar preparado para repentinos cambios de presión atmosférica, q al afuerino pueden ocasionarle jaquecas.

Obviamente, lo primero era La Carretera. Según los datos, o sin ellos, de ahí debían partir todas las posibilidades de exploración. Aún subestimaba el papel de los ríos como las verídicas troncales, aún para lo nuestro. La carretera Iquitos-Nauta es uno de los sueños ignorados del ciclista pistero peruano y aún del montañero en relax y del paseandero casual. Su primer tramo, 57kms de buen asfalto desde la ciudad hasta el puente sobre el río Itaya, se recorre siempre con sumo placer dados el paisaje, aire puro y el escaso tráfico. Casi nunca hay viento pero sí se sienten las subidas de presión. Desengáñese quien espere encontrar largos planos. Las alturas divisorias de las cuencas del Nanay e Itaya, por sobre las cuales corre buena parte de la vía, son siempre onduladas y al cabo del recorrido final de ida y vuelta se totalizan no menos de 500m de ascensos. Pasado el río Itaya, que sigue dirección grl W hasta q cruza la carretera y vira a N-S, paralelo a ella, la fisiografía cambia completamente y la predominancia de arcilla es evidente. El terreno es más quebrado y con mayores desniveles, pero el corte se las arregla para ser, si no más plano que el primer tramo, sí repartido en más largos y suaves ascensos, salvo una sección de carrusel al centro. A pesar de su brevedad estos 37 kms son clásicos. Un paisaje impresionante, menos impactado que la parte asfaltada pero en franco retroceso, la mejor superficie rodable imaginable (pero ojo q la menor lluvia la convierte en una masa intransitable aún a pie) y la refrescante llegada, al cabo del mayor repecho, a una ciudad con una gran ribera y cebiche y cerveza helada serían suficientes, pero lo determina el hecho de que a esta etapa le queden sólo unos meses de vida sin asfalto. Otra lección: aquí todo es tan efímero. Ni siquiera al estar asfaltada y ni siquiera el primer tramo se librarán de ese sino. La culminación de esta vía provoca expectativa al extremo de ser una demanda regional y se espera q al estar concluida se incremente mucho el tráfico entre las dos ciudades. Pero, sobre todo el primer tramo, no está acondicionada para un gran volumen y no tiene dónde crecer. Por otro lado, los problemas de erosión derivados de la deforestación son permanentes y crecientes. Todo el recorrido es un muestrario de esto. Por último, los caprichos del Amazonas parecen involucrar, dentro de los pxmos diez años, buena parte de la carretera, obligando un replanteo que incrementará el desastre ecológico que ya configura esta carretera, más apurada solución a un problema demográfico que efectiva vía de comunicación. Que esta enseñanza no quite el placer de recorrerla.

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De La Carretera parten algunas vías de segundo orden de las cuales la más notoria es la que lleva a las comunidades ribereñas de Zungarococha, Pto Almendras, Nina Rumi y Llanchama, sobre el Nanay. 25kms de variado terreno que se complementa con los 8 kms q unen la ciudad y esta vía con el balneario de Santo Tomás hacen 33kms de entre 2 y 6 m de ancho. Receorrido pintoresco, instructivo, necesariamente complementario con el River y City Tours convencionales. No espere el paseante mucha selva virgen, pero sí un agradable paisaje rural de chacras, piscigranjas, plantaciones forestales y una vistosa tangente al Nanay en el puerto de Nina Rumi para culminar en la surreal cocha de Llanchama. Los amplísimos, variados celajes de la zona de Corrientillo le confieren el valor escénico a una vuelta q siempre se repite con gusto. El terreno, casi plano o de largas ondulaciones y la variedad de superficies, desde arcilla dura como concreto hasta arena ligera, el tráfico casi inexistente, le confieren el grado de dificultad leve, clase II+, ideal para niveles introductorios, entrenamiento regular y aún paseos casuales y cicloturismo light. Con el incremento de la humedad en el piso la dificultad y el esfuerzo aumentan pero en general, aún bajo condiciones de lluvia más q moderada, siempre se presenta un línea de rodada continua.

Rutas imprescindibles estas dos, tal como se presentan en la actualidad alojarían con holgura una población ciclo aficionada equivalente a la de ciudades como Arequipa, Trujillo, Cusco, incluso Lima. Aquí nadie las usa. Espero poner fin a esta situación porque son sólo la punta del iceberg de la enorme red de caminos amazónicos. Y todo desperdicio es lamentable.



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De cómo se fue penetrando a la mata (literalmente), lo que implica encontrar el significado de los singletracks en la selva baja, el desmentido de casi todas las ideas preconcebidas, propias y ajenas, acerca de lo que esperaba encontrar a este nivel, el uso de los datos, los certeros y los falaces, el entendimiento de lo q se conoce como “carretera” por aquí, en fin, todo ese proceso poblado de repetidos clímax q hubieran sido épicos si al voltear atrás instintivamente para compartir el gozo estuviera el compañero q nunca aparece, en fin, la historia, pertenece al anecdotario - demasiado rico para seleccionar algún caso sin ser injusto o acaso impertinente para estas líneas - q abarca desde el repetido pasmo ante las bellezas q se descubren en los más interiores poblados hasta el ser víctima de abordaje y desembarco, en la canoa en que enlazaba dos etapas de alguna ruta, por un arácnido monstruoso y letal, pasando, por supuesto, por la clásica porteada a ninguna parte a lo ancho de un aguajal interminable.

A los pocos meses debe haber sido la primera salida fuera de los doubletracks siguiendo una prolongación peatonal de la carretera a Llanchama q comunica con otros poblados aguas arriba del Nanay. Muy nuevo por aquí, no me atreví más q unas cuantas cuadras de prometedor sendero, que en un brevísimo recorrido ya había pasado dentro del bosque y me daba una miradita de lo que podía venir. Como me habían advertido q aquí no se podía y como no estaba seguro de qué clase de alimañas se podían ocultar en esas plantas q con demasiada frecuencia me acariciaban las pantorrillas, al poco rato me di media vuelta y me sentí aliviado al retomar el doubletrack.

Esa fue la primera aproximación. La fiebre prendió en una ocasión en que después de 5 km de una buena ruta carrozable q hacía por primera vez, tocaba hacer la amplia curva a la izq al coronar una buena cuesta, pero resulta que siguiendo de frente se veía un tentador sendero al asomarse al cual mostraba una sección de impecable descenso técnico seguido de un como puentecito de troncos y de ahí al bosque. Semejante ingreso-de-parque-de-diversiones fue demasiado. Me mandé y terminé, 3 kms de exhilarante carrera después, coronando otra buena altura: un cementerio en la cima de una colina totalmente descampada que ofrecía una extraña, inusual perspectiva de la selva que desde aquí se presenta como fragmentada en varios planos visuales como simulando un juego de espejos. Alucinante. La ruta culminaba con 5 cuadras de descenso, limpio y veloz, hasta el poblado de San Carlos en el río Itaya. Increíble, salvo unas secciones de barro y agua que habría que estudiar para encontrar la línea, 100% ciclable clase IV y, para ser primera muestra al azar, era más que prometedora, aunque le faltaba distancia.



Lo importante de esta primera aproximación fue que en ella tenía un muestrario de las clases de sendero q iría encontrando y sus características más generales, lo cual sería útil a la hora de recopilaar información. Pero antes de hacerlo hay que entender lo que en la selva se conoce como “carretera”, indesligable de la forma de ocupación de la tierra. Desde que llegó el primer colono a la selva, hemos sido incapaces de verla con ojos no occidentales (o sea, con nuestros legítimos ojos). Así, a lo largo de las troncales –los ríos- van apareciendo poblaciones establecidas con criterios de habitabilidad determinada por la aptitud agrícola de la tierra, característica casi siempre subjetiva debida a que por cuestiones de clima, suelos, rentabilidad, etc, la agricultura tradicional en la mayor parte de la amazonia difícilmente pasará del nivel de subsistencia. Al poco tiempo, la agricultura migratoria cumple su ciclo y hay que conquistar las prometedoras tierras de altura y para este fin se construye la primera “carretera”. Esta es una trocha de entre 2 y 4 m de ancho que se construye simplemente rozando –eliminación de lianas, hierbas y arbustos-, tumbando –talando árboles-, y quemando los restos (no vaya a ser que quieran rebrotar), caminando, construyendo puentes y vados y eventualmente, casi siempre en zonas ya algo pobladas y obedeciendo a segundas intenciones políticas y/o económicas, se mete máquina. La intención es que tarde o temprano esta línea, que en algunos casos llega a 100kms o más sea la trocha carrozable que permitirá la penetración y colonización de nuevas tierras. De allí la denominación. Lo regular es que estas carreteras reciban mantenimiento hasta 10 o 15 kms tierra dentro hasta un nuevo centro poblado, generalmente a orillas de alguna quebrada navegable o cocha o tierras que fueron ricas en madera comercial o de mejores (léase: no tan malas) condiciones para la agricultura, pero como nunca pasó un carro debido a que la justificación económica de una verdadera carretera generalmente no procede, la selva, que no parece estar dispuesta a conceder más de uno y sólo un sendero a la vez, reclama lo suyo y al cabo de un tiempo tenemos un excelente singletrack que serpentea por esta trocha la cual constituye una amplia zona de visibilidad y amortiguamiento con la selva o purma que atraviesan. De estas vías de penetración salen otras vías menores de acceso a chacras o lotizaciones al interior. Inferiores a 1,5 m de ancho, bien pisadas y con obstáculos principales removidos, cuando coinciden con antiguos caminos indígenas son verdaderas carreteritas, con frecuencia las mejores, aunque en algunas partes los hombros aprieten. Otra categoría inferior de caminos serían los de mitayero que en ocasiones se presentan tentadores pero rara vez son ciclables poco más allá de su intersección o nacimiento. En algunos casos, cuando metieron máquina, la trocha se hace carrozable y llega a ser recorrida por vehículos motorizados hasta que la selva hace lo suyo y en algunos tramos la hace intransitable aún para peatones, que entonces encuentran y establecen la sacarita, el atajo de características trialeras q le dará categoría y variedad a la ruta cuando recorrida por ciclomontañeros. Esta tosca clasificación para Iquitos, sometida a revisión permanente, debe ser aplicable a toda la omagua. Es por este concepto de carretera amazónica que hemos tenido q especificar los anglotecnicismos de singletrack y doubletrack en vez se los españoles castizos de sendero, trocha carrozable (o trocha a secas) respectivamente, siendo el caso que al referirnos a la carretera no carrozable amazónica, a partir de ahora la llamaremos carretera en cursivas.


Esta discutible forma de penetración y ocupación de la amazonia la ha convertido de facto, en la vecindad de los poblados y a veces mucho más allá en una telaraña de actuales y potenciales ciclovías de montaña que recién comenzamos a penetrar pero que ya desde esa primera entrada a S Carlos podíamos caracterizar como excelentes ciclovías de montaña con componentes de vía y paisaje semejantes entre sí pero cuya distribución e intensidad particulares le dan su singularidad a cada cual: en zonas habitadas, pastizales y purmas, vías secas, sólidas, rápidas con el ocasional charquito de variable dificultad. Puentes generalmente ciclables, algunos muy bien acabados. Dentro del bosque, obviamente, superficies más húmedas pero por lo general sólidas; charcos más frecuentes y complicados se alternan o mezclan con zonas de raíces superficiales transversales; quebradas y caños más frecuentes, algunas con puentes encantadores, cosa seria: los hay de tronco rollizo simple o doble; de tablas simples o unidas; de tablones, de medio tronco, a veces no tan recto ni nivelado; de tronquitos unidos con una o dos líneas y vacíos tramposos entrellas. No son broma. La pena por el error (ojo que también aplicable a las porteadas) puede ir desde una enfangada total pero inocua hasta el shock eléctrico por anguila o empalamiento diverso. A veces, en los aguajales o en las tahuampas se improvisan largas secciones de tablones, ponas o aún tallos de aguaje abiertos que hacen las veces de viaductos.

Los obstáculos, las limitaciones del camino, allí donde en la sierra están en función de la piedra, (aquí no hay ni una) aquí lo están del agua, ya sea como precipitación, corriente o charco, como lodo o como una fina lámina que todo lo cubre después de la lluvia y se convierte en aceite sobre las maderas y cortezas q frecuentemente tienes q rodar: aún como destino último (o penúltimo, en caso de estar indeseablemente habitada) al fallar en clarear uno de esos puentecillos. Aún así, no es el limitante absoluto que se suele creer.




Y así fue, rodeando pantanos, sorteando charcos, in gravitando lodazales, trialeando raíces y quirumas, saltando caños, ajustando puentes, correteando rectas, afinando líneas, enrollando repechos, volando downhills como comprendimos que estábamos en uno de los mejores escenarios de MTB de aventura en el mundo. Obviamente, no han sido dos años dedicados en exclusiva, se hace lo q se puede: ¿se habrían agotado las posibilidades si por lo menos hubiera dedicado todos los fines de semana a hacer nuevas rutas? Creo q no. Generalmente una sesión es insuficiente para agotar una ruta y a medida que se entraba, los parámetros se elevaban. De los segmentos de 3 km de ida y vuelta q parecía la regla inicialmente, hoy la tendencia es a formar loops 100% ciclables de no menos de 20 Km. y la tendencia es a más. Por lo gral, no he hecho cada ruta completa más de una vez, xq cuando se consolidaba alguna, ya aparecían datos de alguna otra nueva y siempre hay que ver...

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Quedan en el tintero muchas cosas: el aguaje y la aguajina, ese brebaje aceitoso, la mejor hidratación y energético inmediato previo a cualquier ruta; el juane y el tacacho, inventos geniales q en un puño te dan una comida caliente en mitad de la ruta; y toooda la culinaria loretana; quedan los isangos, esos acaritos, tal vez la mayor molestia (q no es mucha) del viajero; queda la macondiana experiencia del viaje fluvial, los paseos en canoa por los caños, la fauna, la pesca, .......(falta....)



Lo que no debe quedar en el tintero es una breve reseña y comentarios de algunas rutas representativas. No las mejores, a esas aún no llegamos. Tampoco el orden en que las presento quieren decir nada. Simplemente se presentan en relación a su acceso.

Así tenemos que en Nuevo Horizonte, km 43,5 de La Carretera hay una vía de ingreso a la ZR Alpahuayo Mishana. La trocha es una recta de 2,5 m de ancho denro de la cual serpentea de un lado a otro el singletrack, generalmente estricto, a veces acompañado de líneas secundarias. Pasado el primer km habitado, ya en zona reservada, una sucesión de colinas altas ofrece en cada coronada la visión del camino penetrando claramente a la inmensidad boscosa. La ruta es una secuencia rítmica de subidas para plato medio q pueden complicarse por la arena, la erosión o el agua y bajadas a veces rapidísimas, a veces técnicas. Clase III con frecuentes problemas clase IV debidos a los factores arriba mencionados. Doce kms de limpia pedaleada amenizados por la periódica aparición (c/300 mts en promedio) de los inevitables charcos o lodazales, a vencer, según el caso, siguiendo una línea fina de ingravidez o una línea fuerte de velocidad pura que siempre puede acabar over the bars. Los sgtes 10 kms hasta el Nanay, no aptos para ortodoxos, combinan secciones porteables o difícilmente ciclables con mágicas secciones de extático rodaje por un bosque casi intocado. Recién entrando, una carretera transversal de huanganas en pleno uso da una idea de lo q se puede ver por allí.

Paujil, 5 kms antes, presenta una carretera sedita de 5 kms hasta su prolongación en una trocha semejante a la de Nva Horizonte, con sendero más complicado q el anterior pero q conserva su fluidez hasta el km 21 donde comienza una alternancia de zonas boscosas y varillales q ofrecen frecuentes problemas clase V y VI, permitiendo penetrar, ida y vuelta, hasta el río. Se ve mucho menos bosque q en la anterior ruta, pero es más ciclable por recibir más mantenimiento.

Casi frente a Paujil, cruzando la pista, está la carretera a Sta Marta del Río Itaya. La trocha, de 2 m x 8 km presenta un sendero absolutamente rebelde q hace olvidar la línea recta q sigue la trocha. Varios descensos de alta velocidad, con escaleras de barro hechas para ser saltadas y la mejor sucesión de puentecillos seleccionados para poner a prueba los nervios le inyectan la adrenalina, clase IV parejo con problemas clase V+. No detenerse si la primera quebrada grande, poco antes de llegar al pueblo, ha inundado 200 mts de ruta. Es ciclable hasta el mismo puente, aún con el agua hasta los ejes. La llegada es un downhill compuesto q remata en un tobogán vertiginoso que te coloca en posición perfecta de salto-si-no-te-mandaste-a-ajustar-el-puentecito (prohibido frenar). Al principio la mantuve como segmento de ida y vuelta hasta q una vez cogí un ramal que resultó completando un increíble arco por el pueblo de S Pedro y su notoria quebrada de Pintuyacu con ramal para perderse hasta el río Itaya y terminaba a 25 kms del inicio en Nvo Horizonte. La única vez q la hice completa llovió moderada pero permanentemente y eso sólo pareció mejorar la ruta. La longitud, una larga secci´n boscosa, un par de puentes difícilmente porteables y una trepada supertrialera clase V+ elevan a V la clasificación de la sección inicial.

A 2 km de pasado el puente sobre el Itaya está la trocha de entrada al poblado de San Joaquín de Omaguas sobre el río Amazonas. Algún empresario con intenciones depredatorias o acaparadoras de tierras o tal vez sólo para abaratar costos para sus expediciones de turismo “tubular” (trae y lleva a sus pasajeros “como por un tubo”a sus carísimos cruceros sin que chorree nada para la región ) a Pacaya-Samiria, encargó a la comunidad la ampliación de su trocha para carretera y ellos la hicieron de 5 ms de ancho atravesando una riquísima franja de bosque virgen de unos 6 kms de ancho. Como quiera que el personaje en mención incumplió su parte (pagar un precio ridículo) y sólo quedó en trocha, pront se convirtió en un exquisito paseo, tanto por el nivel técnico del camino como por el impresionante bosque que recorre. 1,5 kms de intempestiva entrada poco a poco se convierten en 6 kms del mejor trial q incluye algunas de las mejores subidas y bajads técnicas q hemos encontrado para terminar en 2 kms de velocidad hasta el poblado, que cuenta con un ventajosa ribera sobre el RíoMar y excelentes miradores para el sol naciente. Por mucho tiempo me quedé pegado en este segmento de ida y vuelta amenazando con postergar ad infinitum nuevas exploraciones si no fuera porque un conflicto de tierras con una comunidad vecina, derivado de los oscuros tratos con el empresario aquel, desembocó en la acelerada destrucción de importantes porciones del antedicho bosque. El camino debe seguir allí pero el entorno ha perdido mucho y ahí queda Omaguas ignorante de su real potencial turístico en vías de extinción. Clase IV+ con harto problema hasta clase V+. De lo mejor.

Ya en otro ámbito, una o dos horas (según el transporte elegido) aguas abajo del Amazonas, hay un istmo que lo separa del Napo algo antes de su confluencia. A orillas de aquel se encuentra el encantador poblado de Indiana y un poco antes, aguas arriba, hay un desembarcadero para llegar el puerto de Mazán, en el Napo, por un increíble singletrack asfaltado de unos 3 kms. Un verdadeo carrusel paisajístico clase I y II, sólo compartido con unos cuantos motocarros y motos. Después de una visión de las rápidas aguas del Napo y de degustar el insuperable puré de chonta local, se completa la ruta yendo a Indiana por un recorrido similar pero más estrecho aún donde l os motocarristas hacen malabares para pasar. El sueño del ciclomontañista enamorado o con familia, ideal para llevar a pasear y hasta enganchar en la práctica a aquellos q siempre se preguntan q hay detrás de todo ese fanatismo.

Hasta hace unos años una barra de arena baja, generalmente sumergida, a la salida de Bellavista, separaba nítidamente las aguas del Amazonas y del Nanay, q en ese punto dibujaba una curva de 90º y corría paralelo al Amazonas por un trecho hasta q este se iba por su curso a la derecha de una isla al cabo de la cual ambas corrients confluyen y se mezclan definitivamente. Consecuencia de dragados en Belén y el Puerto, esa barra se rompió y en ese punto es la actual boca del Nanay, q así pierde como 5 km de recorrido. Los ribereños siguen llamando Nanay a este nuevo brazo del Amazonas y en ese tramo, bastante pobaldo y ocupado además por la refinería de PetroPerú, bases de la marina y de la DEA, etc, los pueblos incluyen la denominación del río después de su nombre. Esta zona, mencionada al inicio y a la que se accede vía ferry amazónico desde Bellavista, etá cubierta por una intrincada red de caminos, desde huellas mínimas hasta carreteras antiguamente asfaltadas que comunican todos los poblados desde el Bajo Momón, afluente del Nanay, y la refinería, ya en el Amazonas. El eje de este sistema es la carretera Bellavista-Mazán, trocha q alguna vez fue carrozable (y q se está rehabilitando últimamente), hoy revertid a cómodo singletrack. El loop principal, en forma de 8, tiene alrededor de 40 kms y combina los más variados segmentos. Falta atacar toda la ruta a Mazán, de entre 80 y 60 kms según versiones. Lo ya hecho en esta zona, más de 70 kms aptos para todo nivel, de II+ a IV, es imposible de cubrir en un solo día.

A veces, algo de lo mejor parece lo más obvio. Sólo últimamente me informaron de esta: Felipe Caño es un canal que drena las colinas donde se asientan los suburbios al E de S Juan pero no sólo es el caño, sino una dispersa zona de inundación que obliga a portear como 20’ por unos pastizales perennemente lodosos y luego a lo largo del caño para luego empalmar una ondulante y muy húmeda carreterilla q termina a orillas del Itaya justo para chimbar en canoa y emprender 7 kms de espléndida ruta de airecillo andino hasta los confines de Puerto Alegría, donde se puede bandear nuevamente y emprender el regreso directo al infame portaje de FelipeC. Linda ruta: fácil,fluida, fresca, sin sobresaltos. Sin el mencionado obstáculo, evitable si se toma pòr el río, desde Belén, clase II+ a III, ideal para niveles intermedios de aprendizaje, paseos y cicloturismo ligero.

Desde el puerto de Sta Clara, al SSW de la ciudad, se embarca uno 20’ al caserío de S Pablo de Cuyana. El dato inicial hablaba de un pequeño segmento no mayor de 5 km que resultó en un tridente que totalizaba hasta 28 km incluyendo idas y vueltas. El más atractivo era el segmento central, único que penetraba al bosque pero q poco a poco se iba haceindo difícilmente ciclable por falta de mantenimiento. Pero a alguna parte iba y supe después q a la comunidad de Primavera. La excelencia de los senderos, la amabilidad de la gente y sobre todo el haber hallado ni más ni menos q la onírica pradera de los teletubbies me hizo regresar una y otra vez a pesar de que las incursiones eran algo accidentadas (incluyendo la graciosa anécdota del pollo y el peor wipe out). Luego vino un largo paréntesis y sólo últimamente regresé para encontrar que Primavera había limpiado el camino y este seguía y seguía mucho más allá hasta completar el alucinante arco de 30 km S Pablo-Primavera-Progreso-PadreCocha, aguas abajo del Nanay ya cerca de Bellavista. Esta ocasión, única, fue el non plus ultra: vas avanzando, te vas internando, vas superando los obstáculos y secciones complicadas e identificando los hitos q te avisan los incrédulos locales y te sorprendes tú mismo de la creciente calidad de la ruta (¿cuándo comenzarán las imperfecciones?) hasta alcanzar esa sensación de gozoso alivio cuando te confirman q si hasta allí has llegado montado, lo demás es papayita. Pero no: lo más bravo, una carreterita muy mal mantenida que atrviesa en sucesivas coronadas y bajadas las cadenitas de colinas q a manera de “costillares” caracterizan la margen izq del Bajo Nanay, lo más bravo, está en los últimos 5 km y le inyectan la postrera adrenalina. Y culmina épicamente cuando el semiinvisible sendero de pronto se arregla en una sección limpia y rapidísima de salida de las colinas q empalma con el singletrack asfaltado de PadreCocha. La perfección del camino, clase IV+, la bonhomía local y la sucesión de paisajes, desde la apertura más escénica hasta el encierro minimalista del bosque primario, todo bajo un mágico ángulo de insolación y saturado de inefables aromas, así como el hecho de acotar la ruta un enorme ámbito lleno de bosques, cochas, quebradas, y más caminos, que constituyen juntos un verdadero parque ecoturístico y de aventura aquicito no más, todo se confabuló para q me enamorara de esta ruta al extremo de ser la motivación de esta crónica.

Pero no se puede poner todo, pues. Falta. Rutas menores, docenas de posibilidades abiertas, cientos si pensamos en los confines de la región y localidades como Tamshiyacu, Orellana, Contamana, Pacaya-Samiria y un largo etc. Falta también anotar el inevitable método de prueba y error: el desastre bajo una tormenta más larga y q no avisó; o media hora de equilibrios calámbricos porteando tahuampas por sobre tallitos de chonta hacia la nada, o el ser fulminado por “la pálida” un día en que, en plena gripe loretana, que incluye conjuntivitis y otrs mortificaciones, decides salir de todos modos y te deshidratas en 10’. Pero algo hay q dejar a la imaginación o experiencia propia del lector condescendiente q me ha tolerado hasta aquí.

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Conclusiones y Recomendaciones.- para el visitante, es evidente que el costoso viaje a Iquitos es una decisión a meditar. Para el turista dedicado, educado y bien guiado y que se abstenga de intentar los tours convencionales, la experiencia premia con creces pero requiere algo más que los períodos de viaje habituales para otros destinos. Para el ciclista serio, y aún el ocasional en pos de la experiencia de su vida, bien se justifica quedarse más de un semana para incluir el aclimatamiento básico y los probables días off por mal tiempo. Aunque es posible cletear fluido todo el año, no recomiendo mayo ni octubre, meses q ostentan la mayor precipitación promedio histórica y, con reservas, los meses entre ambos. Agost y setiembre, en cambio, son ideales. Y aunque el clima siempre sorprende, la dulce y cálida hospitalidad y la cultura urbana te harán sentir como en casa y no dejan de guardar valiosas enseñanzas. Vale hacer notar que, fuera de los lugares más obvios, la delincuencia es casi nula. En el campo, eso sí, hay que ser bien pedalero: se pedalea todo el tiempo todo el rollo, las tres catalinas. El streeter y el trialero serios, por otro lado, encontrarán corto su repertorio para hacer rutas completas sin desmontar y de hecho, lo habrán mejorado después de pasar por aquí. Para tips más específicos como equipo y locaciones precisas, etc, comunicarse con este cronista.

En cuanto al sitio, la línea de fondo la dan las excelentes condiciones geográficas y sociales de la omagua para hacer caminos ciclables de impacto ambiental =0 en ella. Siendo una región en acelerada evolución , es posible q en la búsqueda del desarrollo se opte por la sostenibilidad o no . En ambos casos, pero sobre todo en el segundo, el ciclomontañismo puede convertirse en vector funcional de diversificación de la oferta turística (algo q se requiere a gritos) y potenciar el ignorado circuito de turismo alternativo (rural, temático, ecoturismo y de aventura) y su papel de mejor, más sano y eficiente redistributor de la riqueza. A nivel interno, existe en Iquitos y toda la región un solvente sector socioeconómico A/B y hasta C con capacidad de pagarse el nuevo turismo interno que es más económico y hará chorrear al campo el dinero actualmente encerrado y viciado en la ciudad. Autoridades y empresarios: a buen entendedor, suficientes palabras: el consultor turístico q suscribe está a su disposición. Los q lo practicamos, ya conocemos de q manera el ciclomontañismo pasó de la nada en masiva práctica q lleva bienestar, aún con el precario manejo turístico nacional, a las localidades q lo adoptaron como Pachacamac, Lunahuaná, Huasahuasi, todo Ancash, Cusco, etc, etc. Aquí, hay sobradas condiciones para convertirnos en meca.

EPILOGO O COLOFON DEPRIMENTE

Faltaba hacer la última ruta reseñada al revés, desde PadreCocha. Pero mi entusiasmo inicial al constatar que, aún en época muy lluviosa era perfectamente ciclable se trocó en la mayor pena cuando encontré q lo q fue la última sección, la llegada a Pcocha se había convertido en una franja deforestada injustificable. Resulta que en plena campaña política regional se apareció Toledo a cosechar votos para su candidata. “¿Qué quieren?” preguntó muy Pachacutec él. “¡carretera!” contestaron los pobladores, despistados por el espejismo de siempre. Y Toledo cumplió, al menos la primera parte. Sin un estudio que justifique la viabilidad económica y el retorno de una obra destinada a ser más fugaz q su impacto ambiental, sin saber q así cancela alternativas sostenibles (ningún turista quiere ver carreteras ni carros en la amazonia) dijo “¡Hágase!” y he aquí una trocha excesivamente ancha , expuesta a la erosión, discriminatoria con los caminantes, porque les suprime la sombra, en beneficio de los pocos carros, si alguno, q la recorrerám antes de encontrar su destino como singletrack, que llegará en unos meses, probablemente antes, al día sgte del desencanto electoral, cuando su inviabilidad costo/beneficio se haga notoria. Pero ya no será lo mismo. El bosque original se habrá degradado a una purma insana y el ecoturista, el de aventura, el alternativo, el del mercado en mayor crecimiento en el mundo, nuestro cliente ideal, se irá a Costa Rica, México, o –colmo de la ironía-a Ecuador, en donde las organizaciones indígenas y campesinas ya tienen una visión racional de desarrollo sostenido para su país por la q apuestan.
Debe entender el pueblo loretano, el del Perú, en general, q el desarrollo de la Amazonia no pasa por un calco de modelos extraños. Somos diferentes. Amazonia hay una en el mundo y pronto, más temprano q tarde seremos el único Bosque Húmedo Tropical del Universo. Esa es nuestra legítima puesta en valor y debe ser nuestra apuesta. O morir.

HE DICHO

Tuesday, November 13, 2007

La Ruta del Pariacaca

1996

La Ruta del Pariacaca


Esta crónica viajera contiene de yapa una breve historia de los años iniciales del ciclomontañismo. Cuando algo parezca anacrónico, fuera de lugar o ingenuo, téngase en cuenta que estos eran los años iniciales del ciclomontañismo en nuestro país. Después de esta, hemos vuelto alrededor de una docena de veces, cada vez una variante distinta. Las fotos correspoden a la primera y segunda expediciones, de tiempos pre-digitales.



Lo que nosotros hacemos, propiamente se debería llamar ciclotrekking. Ciclotrekking andino, más específicamente. Consiste en buscar (y, eventualmente, idealmente encontrar) tramos lo suficientemente ciclables, como para ser divertidos, dentro de la enorme red de caminos peatonales y de herradura que nos legaron nuestros antepasados, cada uno de los cuales caminos te transporta por sitios de insospechada singularidad y belleza. Aunque, teóricamente, lo que queremos es montar todo el tiempo, en la búsqueda, en la realidad, terminamos haciendo verdaderos trekkings con bici en vez, o además, de mochila. Tanto así que en nuestro caso es probable que sumemos más horas con la cleta a cuestas que sobre ella. La meta, el ideal, sin embargo, ha sido cumplido y sobrepasado varias veces, las suficientes como para animarnos a persistir, cada vez en mayor escala. En el camino hemos abierto, para el ciclomontañismo, algunas de las mejores rutas del mundo.

El objetivo es: sobre caminos peatonales ó de herradura (singletracks=huella simple, en contraposición a doubletracks=huellas gemelas, como las que deja un carro, caminos carrozables), sin desmontar, coronar cimas, cruzar divisorias, cadenas, abras, unir cuencas, en fin, hacer rutas significativas, rutitas primero, rutazas después, que cumplan ciertas condiciones como ciclabilidad, buen nivel técnico para su manejo, escénica (paisaje visto y recorrido) mínimo impacto ambiental posible, etc. Mucho mejor, perfecto, si son en forma de loop o lazo, aunque no importa si algunas tan buenas son curvas abiertas o arcos o aún segmentos de ida y vuelta.

Aquí, en nuestro medio, esta ramificación del ciclismo de montaña es vista con extrañeza, como cosa de locos y ermitaños, cosa que es cierta en cierto modo. Pero nosotros no conocemos otro método más confiable que el de prueba y error para seguir sumando kms a la ya respetable red de ciclovías andinas, fundamentalmente en la Sierra Limeña.

El escenario inicial en Lima fue el Valle de Pachacamac, a fines de los ‘80s. Al irse especializando y elevándose el nivel de la gente, subimos a sus Lomas adyacentes: HatunSisa, Cardal, Manzano, Pucará, Atocongo Sur. Inicialmente, lo que hacíamos eran loops pequeños, circuitos para carreras de no más de 5 km usando como base los caminos de los cabreros, cuya conquista fuimos extendiendo al incrementarse nuestra capacidad física y técnica, pasando a las lomas y cerros más al sur y al este: Portillo (Lúcumo), Pacta, Caringa, últimas estribaciones de el gran contrafuerte andino divisor entre Lurín y la cuenca seca del Pacífico. Hasta que llegamos al punto en que ninguna carrera razonable sería capaz de reproducir una de nuestras exploraciones, que ya subían del piso de lomas hacia los grandes cerros del desierto, yungas huarochiranas, inmediatamente al SE de Lima-ciudad. Al agotarse las posibilidades de explorar autosuficientemente esas regiones nos dedicamos a buscar caminos ciclables por un ámbito geográfico más grande, más imponente y más resistente al impacto de las bicicletas que las delicadas lomas. Y así, apoyándonos en carreteras, trochas carrozables y en la movilidad local (Empresas Pérez, Asunción, Paz, Cribillero) subimos a otro piso, de 3000msnm en promedio, sobre todo, a donde la progresión natural parecía indicar como lógico: la sierra quechua al SE de Lima-ciudad, sierra del sur de Huarochirí, que conforme fuimos viviendo en el camino, estaba cargada de vibración, producto de su historia y su leyenda, que constituían la mejor guía del viajero. Leyendo “Dioses y Hombres de Huarochirí” con el mapa de 1:100 000 desplegado sobre el camino, comprendimos que, en el Perú, la Historia y la Geografía, la Tierra, son una misma cosa.

Tal vez el clímax de esa época lo ilustra el “descubrimiento” de la serie de bajadas “de Olleros”, caminos antiquísimos que comunicaban los pastizales altoandinos precisamente con las lomas donde comenzó todo y también con los balnearios del sur y que hasta hoy siguen usando los pastores nómades en sus migraciones anuales. Lo que aprendimos sobre esto, en bicicleta, es toda otra historia.

Estas rutas, que al principio tardaban hasta doce horas de duro trajín, no menos duro por ser de bajada, han sido elogiadas por la revista internacional más especializada (en The Forever Downhill en BIKE Magazine, USA), pero la mejor prueba de su calidad la dan los gringos experimentados que hemos llevado por allí: se pasan de vueltas. Simplemente no lo pueden creer. Sin embargo, para algunos no era suficiente y seguimos buscando. Sabíamos que después de todo, Olleros no era más que la culminación de una vuelta parcial que unía las cuencas del Rímac y del Lurín por sus cabeceras intermedias y que en su recorrido acotaba muchos ámbitos menores que no habían sido explorados. Además, había que crecer, así que pasamos a la cuenca del Mala, que revisamos desde Huarochirí hasta Bujama.

Pasar a la cuenca del Cañete ya era otra cosa. Cuando uno se asoma al mirador de Chancuya el espectáculo es impresionante: Al fondo, a tus pies, al final de lo que parecen ser miles de zig-zags de una terrible carretera están incrustados, en cerros de diferentes cobrizos y dorados, Huarochirí y sus anexos, cabeceras intermedias del Río Mala, que allí se llama SanLorenzo. Atrás, arriba, cerrando el horizonte al Este y coronando enormes costillares de los Andes, la Cordillera Real: a la izquierda, los nevados de Matucana y Ticlio; al centro, la cordillerita sagrada del Pariacaca; muy a la derecha, cerrando un enorme semicírculo que nos rodea, ya hacia el SudOeste, la cordillera Picchahuacra, donde el nevado Ticlla, que desde aquí semeja un copo de helado, da origen al Río Cañete; el Llongote, como un paredón derruido, se ve cerquísima a la AltaMar más allá de la pampísima puna entre Quinches y Tauripampa, gris sobre contrafuertes amarillentos que desaparecen entre los estratos marinos. Esas montañas, sobre todo Pariacaca, me llamaron. Además, desde aquí se entre veía y adivinaba el gran arco que este Río traza desde su nacimiento, haciendo su cuenca muy amplia y compleja. Para llegar a sus cabeceras intermedias había que pasar un alto abra muy cercano a su naciente. ¿y porqué no llegar a ella?

Esto esperó varios años, porque implicaba una expedición a la Cordillera y disponibilidad de una semana, por lo menos, entre otras cosas. Había que buscar el momento y un grupo (esto, lo más difícil). Si fuera posible, un sponsor (más difícil aún).


Así me pasé escrutando mapas, fotos, hipnotizado por el Pariacaca, a quien convertí en mi Apu personal. Es que el cerro es casi objetivamente hermoso con sus cumbres gemelas. Y además es centro de una historia fascinante. El Camino Real que iba de Pachacamac a Jauja y de allí a Cusco, ese cuyos restos hoy son perfectamente visibles a lo largo del valle de Lurín desde Cieneguilla, tenía un tambo y un templo al pie del nevado donde se hacían ofrendas para agradecer el escaso buen tiempo o pedir que se aplaque la furia de los elementos desatados (recordar que entonces la nieve perpetua empezaba a 4000 msnm). Parece que era uno de los pasos cordilleranos más temidos entonces y en la Colonia. Pudimos seguir los restos del camino -algunos tramos realmente buenos y dignos de rehabilitarse para el turismo- hasta Huarochirí-ciudad, donde perdimos el rastro: los datos se entrecruzaban, cada anexo se adjudicaba el verdadero Camino Real a Pariacaca y Jauja. No se podía estar seguro. Hasta que un día un colega me mostró una fotocopia de una noticia del año 31 donde se reseñaba la partida de una expedición de andinistas franceses desde Huarochirí por San Juan de Tantaranche, siguiendo el verdadero Camino Real, para escalar el Pariacaca. Mentalmente, entonces, la ruta estaba completa. La bajada a Cañete era más evidente: otro camino Inca, el de Huarco, bajaba paralelo al cauce, y aunque la carta recién consignaba carreteras a partir de Alis, después de más de 100 kms y 5 días de senderos desconocidos, estos aparentaban ser lo suficientemente ciclables como para arriesgarse.

Escogí luna de Mayo, mes central de la primavera andina, que generalmente ofrece un clima benigno, pero variado. Una semana antes, completamente fuera de estación, había nevado y llovido persistentemente en todo Huarochirí y Jauja, así que cabía esperar sorpresas de plenilunio. El grupo que me había acompañado en casi todas las aproximaciones previas y todas las alucinaciones, fue desertando poco a poco, acuciado por la cotidianeidad y la burlona disuasión de otros cleteros, que opinaban que los estaba llevando al medio de la nada. Así que salí solo y sin avisar un lunes, en Pérez. Si a alguna parte de la expedición le temía, era precisamente a ese Viaje. Un par de tramos a medio camino, pero sobre todo la bajada final a Huarochirí, con una serie de apretadísimas curvas más que en U, verticales, ofrecen al pasajero una vista preferencial del vacío que le espera si algo falla. Pero el envidiable récord sin accidentes de esta carretera parece confirmar que lo que no gastan en carrocería y comodidades lo invierten en frenos y dirección. Y los choferes son buenísimos. Aún así, me sentía aliviado por tener que hacer el viaje sólo de ida.

Pérez sale de SanLuis a las 10am hacia su otro paradero en el corazón del Agustino, donde tarda hasta una hora en subir con cuidado la carga en la parrilla (canasta le dicen ellos). Y la mayoría de pasajeros. Luego, hacia Cieneguilla. Ni bien se termina el asfalto y la policía, varios que iban parados, hasta algunos sentados, se suben a la canasta y así emprende Pérez su alegre periplo folkloricazo. Todo un trip de Perú profundo a las puertas (falsas) de Lima. Son 6 a 8 horas de polvorienta carretera. En el camino te pegas en el río, las cañas, los huarangos, las huertas, los frutales, los cerros, los restos del Camino Real, visibles hasta q la carretera comienza a trepar zigzagueando por las áridas laderas (km 80, +o-). De allí se cruzan tantos caminos q resulta difícil decidir cuál es el troncal. Por partes empircado, por otras escalones bien labrados te van dando indicios hasta q al coronar los altos farallones en SanLázaro de Escomarca (+o- km 100, 3700 msnm) se le puede ver claramente cruzando la quebrada con el rumbo más corto a Huarochirí. Por carretera vagamos todavía media hora de surreal sanset por una alucinante meseta., verdadero techo del mundo desde donde de pronto te asomas a ese impresionante paisaje de profundos valles y altas cordilleras que decía, pero también a la terrible bajada. Pero una vez que ya estás embarcado te entregas con alegre fe a ritmo de chicha .

Como en algunos vuelos al aterrizar, muchos aplaudimos cuando el carro llega, anocheciendo. Esa noche y el día sgte, martes, los pasé aclimatándome en Huarochirí para tomar al atardecer el carro hacia Tantaranche. Pero antes de embarcarme, probando la bici, noté que algo fallaba. Algo imprevisto, imprevisible, serio. Logré engañarme y seguí adelante con el plan. Me acosté intentando tranquilizarme y me levanté a tratar de arreglar la avería a las 4 de la mañana, gélido y a oscuras, hasta que, finalmente, quedé satisfecho.

El arriero que había contactado con anterioridad previsiblemente me falló, así que tuve que buscar otro, cosa que no me resultó ni fácil ni barata, como esperaba. Finalmente, me enteré de que un hato de llamas estaba saliendo hacia Carhuapampa, mi jornada del día, y que podía llevarme por una mínima suma. Cargué mi equipaje, todo salía demasiado bueno para ser cierto. Efectivamente, a los 200 metros, la avería, maquillada en mi taller viajero, incapaz de llegar a la causa primaria del asunto, colapsó en medio de chirridos, billas rotas y una mazamorra de grasa con metal pulverizado. No me detuve en reflexiones. Descargué y regresé al pueblo, donde la infaltable tribuna local, con sus niños y su borracho, se compungía ante la confirmación de que algunas locuras son, simplemente, irrealizables. Pero antes de media hora, en el fresco patio del hotel “Tantaranchina” ya había identificado y aislado la falla y sus causas, originada en mi exceso de confianza en un irresponsable mecánico. No había alternativa: un taller especializado y repuestos. Regreso a Lima pero sólo para reparar la pieza. Diez minutos después, con equipaje mínimo, emprendía el trekking a Huarochirí: medio día de caminata para tomar, al día sgte, el Pérez a Lima ¡era tanto tiempo! Felizmente, encontré en SanLorenzo un camión quesero que se iba al toque. Duro pero hermoso viaje en la canasta, con Luna Llena y docenas de sentimientos encontrados. A las 3 de la madrugada yo era un loco que casi corría por las últimas cuadras de la Javier Prado, en short, chullo y con una rueda de bicicleta en la mano. El serenazgo me detuvo y no entendió nada. En todo caso parecía inofensivo y no provocaba disturbios. Una hora más tarde dormía en mi casa y toda la mañana siguiente me dediqué personalmente a la reparación . En la tarde una llamada y por fin consigo un escudero. Esa tarde y esa noche me dedico al relajo total, tipo descanso del guerrero, con el aliento de mis seres queridos cercanos, que por un momento temieron que la xpedición abortara.

Partimos viernes. Cuando me fui quedando solo en el proyecto me sentía perfectamente capaz de hacerlo solo, pero cuando ocurrió la avería sentí la falta del apoyo moral de un compañero. Así que mandé un tiro al aire y llamé a Jose Coloma. Cogido de sorpresa, le dije que nos íbamos de fin de semana a Huarochirí, uno o dos días más a lo sumo. Parece que comprendió a la perfección y sin pensarlo dos veces tomó una semana de vacaciones. En un día evidentemente no pudo reunir el equipo óptimo, pero su buena voluntad lo suplía con creces.

Esta vez el viaje era de fresa hasta Tantaranche, una verdadera odisea de 11 horas que se hizo ligera por la interminable conversa con el recluta, a quien recién empezaba a conocer. La sazón la puso un atajo de 89° en la bajada a Huarochirí que antes me parecía demasiado para una 4x4 y aún para rappel. Perez la hizo al son de chichas y huainos. Un susto corto a cambio de las insufribles curvas de tres tiempos. Una vez más, contradiciendo los principios elementales de la Física, no pasó nada.

La oportunidad de viajar con llamas no se repetiría y, como de costumbre, y aunque ya había quedado pactado, fue problemático conseguir al arriero y al burro. Explico la necesidad: a lo largo de los años, hemos llegado a un estilo de viaje en que llevamos sólo lo estrictamente necesario para cubrir jornadas de poblado en poblado y, eventualmente, vivaquear, sin carpa. Así se evita llevar esas pesadas alforjas que hacen de las carreteras un suplicio y que en senderos estrechos impiden maniobrar y mucho más, portear. Lo ideal es 12 kgs de peso entre equipo, ropa y comida, repartidos entre una mochila de ataque a la espalda (4) y una parrilla trasera (8). Para la Cordillera hasta 15kgs peso q se puede reducir con equipo más especializado. Pero como mi objetivo de fondo es el placer, ni siquiera quiero cargar esos kilos por senderos ascendentes a los cuales la carga les quitaría acción. Así que mejor pago un burro (S/.10/día), que no sale sin arriero (1 jornal=S/.18), que llevan eso y un exceso de lujo que se puede permitir porque el animal va ligerísimo con mucho menos de los 60 kgs que fácilmente puede cargar. Así, sólo me encargo de disfrutar el camino al máximo. Pensaba usar ese servicio las tres primeras jornadas. El resto aparentaba ser posible con el equipaje reducido y debidamente cargado. Por la misma razón nos apoyamos en el transporte provinciano, que nos lleva hasta donde la diversión realmente empieza. Y aunque no buscamos establecer récords ni demostrar nada, queda claro que la atención puesta al manejo, las dificultades y obstáculos del sendero, los bruscos desniveles, el esfuerzo mental y corporal aún en descenso, hacen que cortas distancias en estas rutas sean más fuertes e intensas que largas jornadas cargadas de carreteras.









Jornada por Jornada:

San Juan de Tantaranche (circa 3400msnm)
Fin de la última repartición de la carretera Lima-Huarochirí, km 150 aprox. Anexo de Huarochirí, en la margen opuesta del Río SanLorenzo, al Este de la ciudad. En Huarochirí todavía hay luz eléctrica. Incluso un par de manzanas asfaltadas. Arquitectura señorial donde la hubiera, desgraciada por techos de calamina oxidada y una plaza que acude a motivos Chavín que pudieron ser otros más localistas. En Tantaranche ya no hay luz ni asfalto. Calles empedradas y arquitectura más rústica, encantadora. La mitad de los techos son de paja o tejas, incluso hay de piedra. Como todos los templos, el de aquí es grande y robusto, de adusta hermosura. Inverosímilmente, tiene un buen hotel (1 estrella) permanentemente disponible. Notables conocidos: Inés (sesentaitantos), simpatiquísima y coqueta tendera de la plaza; el atentísimo señor Moreno, administrador del “Tantaranchina”; No tuve contacto con las autoridades, aunque vi y observé al alcalde en el primer viaje de Huarochirí a Tantatranche, que fue experiencia alucinante, lleno de unos comuneros bien insiders, totalmente chambinescos, de ambos sexos, de amplio rango de edades, atuendo completo con chullos, ponchos, ojotas y tajllas, arrechantes cortejos entre adolescentes, chismorreos entre mamachas, la inevitable bronca entre borrachos. Surrealista, casi pesadillesco en la agitación mental en que me encontraba. Regresaban de una minka y entre ellos, presidiéndolos, inesperadamente colorado y alto, enjuto pero sólido, de rasgos aquilinos tocado de sombrero fino, con actitud de entre dueño de la situación y ligeramente ausente, flanqueado por dos guardaespaldas andinísimos. No me pareció de C-90. Lo confirmé después.
En la siguiente ocasión, la de la partida verdadera, conocí en Tantaranche otra división más de la humanidad en dos tipos: uno es como el joven médico foráneo, lambayecano, que hacía sus prácticas como jefe de posta en el pueblo, reforzada con personal y equipo de la campaña de Salud en curso (buena campaña, se reconoce). Al vernos partir y enterarse del proyecto, nos felicitó y despidió pero sobre todo, calurosamente nos agradeció por hacerlo. He aquí el tipo que comprende todo de una sola. Los otros son los que creen en tal cosa como “el medio de la nada”.
La ruta a Carhuapampa, excelente para un trekking ligero, cerca de 20 km de suave ascenso, con algunas zonas de riscos y escalones fácilmente porteables. La quebrada es una sucesión de terrazas escalonadas separadas por breves cañadas, cada una representando distintos pisos ecológicos hasta llegar al pie de la puna. Después de una última cañada de caliza blanca, con chorrillos termales, donde el río se sumerge y desaparece, lugar llamado Huari, está Carhuapampa.
Este tramo es el menos ciclable. Alrededor del 80% en tiempo. Sin embargo, la variedad y la regularidad hacen de las porteadas no más que un placentero ejercicio.

Carhuapampa (circa 3900 msnm): pueblito marrón en medio de su pampita amarilla, o dorada, al pie de inmensos farallones negros sobre arena blanquísima. De puna, pintoresco, no necesariamente bonito. Gente atenta y hospitalaria.
El relajo caracteriza nuestro paseo. No salimos ni tarde ni temprano. Llegamos con tiempo para descansar al sol en unos pedrones a la entrada del pueblo, a orillas del río, algo sucio de plástico y otros restos y donde algunas mamachas lavaban ropa. Antes contactamos a la gentita indicada: Los Pomalazos, ganaderos y además atentos propietarios de una bien surtida bodega. Al toque se aplicaron a preparar un super combo semitípico. Lo servicial no desmerecía el aura de profunda respetabildad que los jefes, Cecilio y su joven hijo César, emanaban. Vivían felices y relajados en una casa solariega en medio de sus mejores llamas, unas 20. Estamos algo desilusionados porque ya existía una carretera y al final de ella, mejor dicho más allá, una compresora que alguna minera informal ha llevado para arrasar con Huari y su bello botín de piedra caliza. La carretera es de bajo impacto, sin embargo, sin cortes de dinamita, que sólo en algunas partes coincide con el Camino Real, que se ve ciclable y pronto se separa, nosotros sobre él, para emprender la trepada definitiva, que empieza con un puentecito de esos hacia un paraje de queñuales y de ahí, progresivamente, hasta el abra Mancacoto de 4800 msnm donde pasamos del Mala al primer afluente del Cañete por la izquierda. Excepto una escalada de 30m a tres patas, presentaba pendiente moderada totalmente ciclable, pero el progresivo ascenso con la veta acechando en cada metro más, la hacen algo dura. La hice de una, sin desmontar, sin embargo. Pero el cerro siempre pide una víctima y ya la había escogido: Jose llegó una hora después que yo y ya había vomitado hasta el alma. Eso y la coronada lo habían aliviado un poco. Hasta hicimos algo de fotos y de ahí a bajar, pero sólo hasta 4400, lo cual no parecía suficiente para él, que recayó y se ponía cada vez peor. Pasando el abra nos dimos con la sorpresa de que ya había una carretera, aunque abandonada, una huella, sobre el Camino Real, excelentemente ciclable. A los 4 km de pura velocidad llegamos a Huachipampa.

Huachipampa (4400 msnm): los comuneros estaban reunidos en plena faena del lavado del ganado, que dura varios días, así que no nos pudieron dar mucha bola. Los heroicos maestros nos atendieron, sin embargo. Gélida noche de soroche mortal para Jose, subequipado y que no retiene ni el agua. Alucinante caminata nocturna, casi tibia, para mí, adorando al Pariakaka por fin alcanzado en Luna casi llena. El frío, la sensación, puede llegar a ser subjetivo. El agua congelada en nuestras botellas hasta las 11am es algo de lo más objetivo.
(-10°c a las 05am).
Al día siguiente Jose sólo quería largarse, pero el cuerpo, la cabeza, no le van a dar. Una arenga fuerte lo reporta y es el inicio de su recuperación. Queremos irnos a media mañana, pero una ceremonia en la escuela, donde me veo obligado a dictar una clase magistral, y una sopa de habas nos retienen hasta casi las 1400. Nos ofrecen pachamanca y un digno recibimiento para ocasión más oportuna, pero que no dejemos de volver.
Huachipampa es un caserío de chozas de piedra chatas, casi a ras del suelo, con techo cónico de ichu. Literalmente en medio de la puna brava, barrida por un vendaval gélido. A cierta distancia del caserío hay cuatro estructuras occidentales: la escuela y el local comunal, felizmente de madera, donde dormimos. Las autoridades, los Lázaros, acuden a despedirnos muy compungidos por no haber podido abandonar su faena para hacernos los honores. Paisajes amplios, mucho celaje y nevados y dorados, salpicados con algunas de las más bellas (y ricas en truchas) lagunas de la sierra. Tenemos los primeros atisbos del origen del increíble color del Río Cañete. A la vista y a la mano llamas, alpacas, pacos, venados. Aves miles.

Tanta (4200): En dos horas, ya sin burros, cargando todo por el Camino Real, todo en descenso ciclable, llegamos a una enorme laguna que está en pleno curso del Río Cañete, que aquí discurre plácido por una larga pradera verde y dorada. El río Huachipampa, que viene de Pariacaca, desagua en esta laguna. Aguas arriba, por otro excelente camino, en la orilla opuesta de otra carretera que no figura pero que ya sabíamos (Jauja-Tanta), llegamos a Tanta. Pueblo de ganaderos, activo pero bastante descuidado, alguna vez habrá sido lindo. Es puerta, empero, de un circuito turístico de gran potencial. Tanta es el acceso a la pequeña cordillera Picchahuacra, paraíso y reto de trekking y escalada en roca y hielo, naciente del Río Cañete. Docenas de lagunas. Hicimos sólo un pequeño tramo de las posibilidades. Al día siguiente de llegar a Tanta, con Jose bastante recuperado y hasta motivado, hicimos la ruta de 15km Tanta-Ticllacocha. Descargados, delicioso. Los caminos que vimos y usamos son inmejorables ciclovías de montaña. Y la escénica se para por sí sola: de lo mejor que se ha visto y tan singular. Increíble. Ver para creer y entender. Ese arco del glaciar enmarcando al Pariacaca en el centro del cielo a tus pies....
Notables: el maestro Vidal y su bodega siempre abierta. Las autoridades políticas cumplieron: los Jiménez y sus socios son una alegre pandilla que parecen tener alguna cuentilla pendiente. Lo importante es que pusieron el local comunal a nuestra disposición los dos días que pasamos allí. Y todo el abrigo que necesitamos.


Tragadero (Tanta-Vilca): el Cañete nace hacia el Este. De allí, en perfecto arco, vira hacia el S, a la derecha. La carretera a Jauja lo sigue hasta q comienza el giro y de allí sube la ladera hacia el E y se aleja del valle, que aquí no se puede llamar cañón porque esas impresionantes laderas no son paredes sino algo q se podría definir como pampas verticales, allí, en perfecto arco, vira hacia el Sur, a la derecha.
La carretera a Jauja lo sigue hasta que comienza el giro y de allí sube la ladera hacia el Este y se aleja del valle, que aquí no se puede llamar cañón porque esas impresionantes laderas no son paredes sino algo que se podría definir como pampas verticales, impresionantes por la enormidad que sugieren y la fauna que albergan. Aquí, donde la carretera se va, en un sitio donde el río se sumerge bajo tierra, llamado Tragadero, tenemos que seguir primero unas confusas huellas de ganado que poco a poco se convierten en algo de lo mejor que hemos hecho en bicicleta. Tampoco hay palabras. Y simplemente no puede uno estar parando cada dos minutos a apreciar una nueva perspectiva del paisaje o a expresar tu exhilaración por la ciclovía (y quedarte corto). Los dos componentes del ciclomontañismo, escénica y calidad de camino, casi en exceso. La llegada a Vilca, la laguna , su bosque flotante, es un clímax que parece un anticlímax porque no se quiere que acabe.

Vilca (circa 3800 y pico): hasta aquí hemos ido por un valle de alta puna. Vilca está situado en un sitio donde el valle se angosta y se forma un dique natural cubierto por un boque que prácticamente crece sobre las aguas de la laguna que contiene y que desagua por una serie de cascadas que el padre de la ingeniería hidráulica no podría ni imaginar en su mejor delirio. El pueblo se encuentra colgado de una colina rocosa que remata el conjunto y donde se cambia de piso a la Suni. La arquitectura es agradable a la vista, pero dentro del conjunto destaca por su impertinencia un edificio de ladrillo y cemento de 4 pisos totalmente fuera de contexto, un “albergue”(parece hostal) regalo de Fujimoto a su pueblo engreído de un momento. Totalmente iluminado (Vilca recibe luz eléctrica) y acabado, pero no implementado. Una sola cama, un solo colchón. El agente municipal, Efraín, palabrero y untuoso, obviamente fujimorista, que asumió la representación del pueblo, perpetró un verdadero atraco: primero nos dijo su voluntad, pasando a cobrarnos, luego, 20soles. En varios momentos notamos cierta tendencia a aprovecharse de las arcas del viajero pero Efraín se excedió. La amable propietaria del único restaurante de Vilca dejó de irse a su puna para atender nuestro filo. El chorrazo de agua caliente del hotel, primer baño en cuatro días, nos resucitó. Es demás intentar describir el paisaje de Vilca y su hinterland.














Vilca-Huancaya: pensábamos que aquí terminaba lo bueno: empezaba la larga carretera. Aunque en descenso, este tipo de carreteras presentan una superficie variada, entre muy mala y buena (rara vez excelente, como hasta ese momento) que con las docenas de kilómetros y los notorios repechos y tendidos pueden llegar a ser muuy macheteras. Por eso no nos emocionaba mucho este tramo que además resultaría ser casi todo en subida. Pero esta vez el paisaje suplió todo. Sólo quieres llegar al siguiente recodo y pretextar lo que sea para extasiarte con un nuevo ángulo. Y dejas muchos en el camino. Aquí el Río es una larguísima laguna o una larga serie de lagunas separadas por esos diques coronados por esos bosquetes que decía. La inutilidad de las palabras. Última visión del Pariacaca Sur, tan lejano al Norte. Parece mentira q viniéramos de más allá. Con justicia se le puede llamar a esta la Ruta del Pariacaca. Este pequeño mar en las alturas termina en un cañoncito por el que la carretera baja bruscamente hacia el siguiente piso: las quechuas de Huancaya. Pasamos rápido sus estanques, su color de aguas, sus puentecitos de piedra colonial y su pulcra arquitectura y al poco rato de frenético downhill la laguna Piticocha cierra la zona de las maravillas. Pernoctamos en Alis, sobre la carretera Huancayo-Cañete y ya en zona bien trillada por el cicloturismo convencional.
Alis está en el km 174. En una dura jornada llegamos hasta Catahuasi, ya en clima subtropical, km 82. El baño en el Río, caudaloso y tibio, fue lo máximo. La encantadora anfitriona de “El Yauyinito” nos agasajó con un enorme seco de un gordo cordero, combinado, pallares. Consumado catador de este potaje, no recuerdo uno mejor. De veras.
Al día siguiente llegamos a Cañete. No pude hacer la foto en CerroAzul porque un amigo, primo de Jose, nos levantó en el camino.


Con esta etapa completamos la Ruta de los Guardianes del Agua llamada así porque recorre sin interrupción las cabeceras intermedias y nacientes de todos los ríos y quebradas que desaguan al Sur de Lima, desde la margen izquierda del Sta Eulalia hasta el Cañete. Sus habitantes, desde tiempos inmemoriales, en su quehacer agrícola, se encargan de manejar y conservar el agua, cada vez más escasa, que finalmente llega a Lima. El proyecto se inició en octubre de 1990, con la etapa San Bartolomé-Tupicocha-Cieneguilla y desde entonces se han unido los pueblos de Casapalca, San Juan de Iris, San Pedro de Casta, San Mateo de Otao, Canchacalla, Cumbe, Cocachacra, San Bartolomé, Chaute, Santiago de Tuna, Tupicocha, San Damián de los Checa, Sunicancha, Santa Ana, Lahuaytambo, Langa, San José de los Chorrillos, Lanchi, Santo Domingo de los Olleros, Mariatana, San Lázaro de Escomarca, Huarochirí, Sangallaya, Santiago de Anchucaya, San Pedro de Huancayre, San Lorenzo de Quinti, San Juan de Tantaranche, Carhuapampa, Tanta, Vilca, Huancaya, Vitis, Alis, Tintín, Laraos, Catahuasi, Zúñiga, Pacarán, Lunahuaná y Cañete; San Joaquín, Huañec, Cochas, Quinches, Ayavirí y Huampará; Omas; Pilas, Tauripampa y Ayauca; sus anexos y sus sectores que juntos harían una lista que sólo uno de los huainos que permanentemente suenan en Pérez serían capaces de recitar. Este es un recorrido longitudinal que acota un ámbito geográfico enorme y que a pesar de estar tan cerca de la capital (de hecho es su propio ámbito) hemos explorado muy poco. Los pueblos sobreviven olvidados de la ciudad en una curiosa mezcla de atraso y modernidad . Durante el trayecto se unen varios subcircuitos que se paran solos para el ecoturismo, vivencial y rural.




La importancia de la última etapa se debe a que por primera vez llegamos a Cañete desde Huarochirí, montados, y que por primera vez se recorre

todo el Río en bici desde su nacimiento. Pero sobre todo, por la increíble calidad y longitud de los senderos. Pero es un paraíso condenado. El micro mar que se oculta en esas alturas es necesitado con urgencia por la megalópolis y por varias partes se topa uno con funcionarios y técnicos que buscan el mejor lugar para la o las represas que como se sabe, representan un altísimo costo ambiental. No creo que una obra así sea indispensable, dada la prodigiosa distribución del agua en las lagunas del AltoCañete. Sin esto, las ubicuas carreteras avanzan, ciegas al costo/beneficio turístico, y sólo es cuestión de tiempo para que el increíble tramo de Tragadero y lo que queda del camino de Huarco se desgracie. Y ni hablar de las minera informal de Fujimori, en Vilca, que ya se frota las manos pensando en contaminar las aguas más límpidas del mundo.






































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